Hubo un tiempo en que Vicente Fox era el gran bárbaro que venía a derribar las puertas del sistema. El hombre que prometía resolver el conflicto en Chiapas en quince minutos, transformar a México en una potencia de primer mundo y convertir nuestra economía en algo parecido a la de Japón. Eran los años en que la política todavía podía ganarse a punta de frases grandilocuentes, promesas imposibles y una sonrisa ranchera. O al menos eso creíamos.
Lo interesante es que Fox no llegó al poder a pesar de la demagogia. Llegó gracias a ella. Durante años se nos ha contado una historia bastante conveniente según la cual el populismo llegó a México con Andrés Manuel López Obrador. Como si antes de él la política mexicana hubiera sido un ejercicio de rigor técnico, moderación intelectual y prudencia presupuestaria. Como si los candidatos hubieran acostumbrado explicar detalladamente sus programas de gobierno en lugar de vender ilusiones en envases patrióticos.
La realidad es bastante menos romántica. Fox construyó su candidatura alrededor de una idea extraordinariamente simple: él no era el PRI. Ese era el programa. Ese era el diagnóstico. Ese era el proyecto nacional. El país entero estaba tan desesperado por sacar al viejo régimen de Los Pinos que nadie pareció particularmente interesado en preguntar qué vendría después.
Ganó porque representaba una ruptura emocional con el establishment, no porque hubiera presentado una hoja de ruta especialmente sofisticada. Que no presentó. Ganó porque hablaba como hablaba la gente, porque decía barbaridades con convicción y porque transmitía la sensación de ser un personaje auténtico frente a una clase política que llevaba décadas recitando discursos escritos por consultores.
En otras palabras: ganó exactamente por las mismas razones que hoy sus críticos utilizan para explicar el ascenso de los líderes populistas. Esa es la ironía. Dos décadas después, Fox se ha reinventado como una especie de inquisidor internacional contra el populismo. Recorre medios mexicanos y extranjeros advirtiendo sobre los peligros de los líderes carismáticos, los discursos simplificadores y las promesas imposibles. Lo mismo en Fox News o CNN para advertir de los riesgos de votar por Trump, que en Venezuela para recordarle a los propios venezolanos lo que deben y no deben hacer.
El problema es que está describiendo con precisión quirúrgica muchas de las herramientas que él mismo utilizó para llegar a la presidencia. Es como si el inventor de la comida chatarra hubiera emprendido una cruzada internacional contra la obesidad.
Naturalmente, esto no significa que toda crítica contra la demagogia sea inválida. Significa simplemente que convendría aplicarla con cierta consistencia histórica. Porque si prometernos una economía como la japonesa no calificaba como demagogia pura, entonces la palabra ha perdido todo significado. Y si sí calificaba, entonces quizá el fenómeno sea bastante más antiguo y transversal de lo que algunos quisieran admitir.
Por eso resulta tan conveniente la obsesión permanente con López Obrador. Desde hace más de una década buena parte del establishment político y mediático ha conseguido presentar todos los problemas nacionales bajo una misma explicación: AMLO, el demagogo. Una teoría política fascinante por su simplicidad: un país de más de cien millones de habitantes reducido a un solo culpable.
Y es ahí donde aparece el viejo recurso de “no nos vaya a pasar lo que a Venezuela”. Hoy ese discurso tan gastado y común —pero efectivo— ya se usa en todas partes y en toda elección. La comparación automática con Venezuela se ha convertido en el equivalente moderno del coco con el que se asustaba a los niños. Se utilizó contra Podemos en España, contra sectores del peronismo en Argentina, contra movimientos de izquierda en América Latina y, por supuesto, contra López Obrador en México. No importa demasiado si la comparación resiste un análisis serio; su función nunca fue explicar. Su función es asustar.
Porque el miedo suele ser más eficiente que los argumentos. Lo verdaderamente revelador es que quienes más denuncian a los supuestos demagogos rara vez parecen tener problemas con la demagogia en sí misma. Lo que les preocupa es quién la utiliza. Hay populismos irresponsables y populismos responsables; mesías peligrosos y mesías autorizados; discursos simplistas condenables y discursos simplistas perfectamente aceptables. Todo depende de quién esté sosteniendo el micrófono.
Por eso Fox termina siendo un personaje tan extraordinariamente mexicano. No porque haya inventado la demagogia, sino porque encarna una de nuestras tradiciones políticas favoritas: quemar el puente por el que uno mismo cruzó.
Y así seguimos. Los populistas acusando a los populistas de populismo. Los demagogos denunciando a los demagogos. Los profetas desenmascarando falsos profetas. Una guerra de espejos donde nadie reconoce su propio reflejo.
Por si las había olvidado, algunas de las célebres frases dicharacheras del ex demagogo —hoy purificado— Vicente Fox:
—“Resolveré Chiapas en 15 minutos.” (1999)
—“¡En diez años tendremos una economía como la de Japón!” (campaña de 2000)
—“Todavía no daremos a conocer el gabinete, vamos a darle emoción; es como las mujeres cuando están bailando: si llegan a enseñar tobillito nada más, es cuando se pone bien la cosa.” (Noviembre 2000).
—''El cura Hidalgo fue un promotor de la micro y pequeña industria" (Septiembre 1999).
—“Honestidad, trabajar un chingo y ser poco pendejo” (Abril año 2000) En respuesta a la pregunta: "¿Qué ofrece Vicente Fox al país?"
-“Hoy, hoy, hoy” (debate, campaña de 2000). Insistiendo en celebrarlo ese mismo día y rechazando cualquier intento de reprogramación.
—“¿Y yo por qué?” Ante periodistas y trabajadores de CNI Canal 40 y los reclamos sobre la aplicación de la ley después de haber sido despojados de sus instalaciones.
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