Dos conductores, una chica y un chico de escaso brillo intelectual y nulo carisma, entrevistaban a la dueña de un perro maltés cuyo único mérito aparente era, precisamente, ser dueña de un perro maltés. El objetivo del programa consistía en conseguirle una “cita a ciegas” con otro perro para que ambos pudieran correr juntos por el parque y, con un poco de suerte, aparearse.
La audiencia llamaba al estudio —gastando tiempo, recursos y dinero— para explicar por qué su mascota debía ser la elegida. Todo acompañado de gritos, efectos, música estridente e invitaciones a que el perro “diera una vueltecita” frente a la cámara para admirar “su hermoso cuerpecito”. El programa en cuestión tuvo una duración aproximada de una hora. Sí, sesenta minutos de televisión nacional. Sesenta minutos de recursos técnicos, humanos y económicos destinados a encontrarle pareja a un perro.
Meses antes, el mismo canal de televisión dedicaba veinte minutos de “análisis” intelectual para determinar que Ninel Conde era “la nueva reina de la banda”. Mesa de debate incluida. Como si el destino de occidente dependiera de ello. Hubo diez minutos de entrevistas y diez minutos de mesa de análisis. Así como le digo. veinte minutos de análisis intelectual para dar con el veredicto irrevocable de que, en efecto, Ninel es la “nueva reina de la banda”. Y háganle como quieran. Ella es nuestra reina. Punto.
Y usted preguntará: ¿qué tiene que ver eso con Fidel Castro? Absolutamente todo.
En medio del vendaval de opiniones, columnas, mesas de análisis y sentencias instantáneas que producen Twitter y Facebook, parecería que uno está obligado a elegir entre dos caricaturas: Fidel, el dictador absoluto que hundió a Cuba, o Fidel, el revolucionario perfecto que conquistó la utopía. Y a mí no me interesa ninguna de las dos simplificaciones. Me interesan los matices. Siempre.
Nunca he creído demasiado en los héroes ni en los villanos. Más que nada porque la antropología, la historia y hasta la biología terminan por desmontar esa necesidad infantil de reducir el mundo a santos y demonios. La civilización humana rara vez se explica desde individuos aislados; se explica desde corrientes históricas, pulsiones colectivas, accidentes culturales y herencias interminables. Como escribió Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Y casi siempre la circunstancia termina pesando más que el yo.
Hitler no aparece espontáneamente como una anomalía caída del cielo. Se explica —para empezar— desde la Alemania humillada tras la Primera Guerra Mundial, desde el resentimiento alemán incubado en Versalles, desde el nacionalismo romántico del siglo XIX, desde la inflación devastadora de Weimar y desde el miedo colectivo convertido en identidad política. Pero también desde cosas más pequeñas y domésticas: la educación autoritaria de su tiempo, el catolicismo austrohúngaro, el antisemitismo europeo normalizado durante siglos, los cafés vieneses donde fermentaban las teorías raciales y el derrumbe espiritual de una sociedad incapaz de entender su propia derrota.
Hitler no inventó el odio; lo organizó. No creó el nacionalismo; lo radicalizó. No fundó el autoritarismo; simplemente aprendió a administrarlo mejor que nadie. Como advertía Hannah Arendt, el verdadero horror político rara vez nace del monstruo excepcional, sino de la normalización colectiva del absurdo.
Lo mismo ocurre con Fidel Castro y la Revolución Cubana. Explicarlos únicamente desde la figura romántica del guerrillero o desde la caricatura del dictador tropical es intelectualmente de flojera. Fidel se entiende desde José Martí y el antiimperialismo latinoamericano; desde Marx, Lenin y la Guerra Fría; desde la Doctrina Monroe, la dominación económica estadounidense en el Caribe y la dictadura de Batista. Se entiende desde una generación latinoamericana que creció convencida de que la revolución era todavía una posibilidad moral. Desde aquellos libros que leyeron Fidel, el Che y Camilo Cienfuegos. Desde la desigualdad obscena de la isla prerrevolucionaria. Desde Moscú y Washington disputándose el planeta como si fuera tablero de ajedrez.
Porque las ideas tampoco nacen solas. Tienen genealogía. Vienen siempre de otras ideas, de otros fracasos, de otras guerras y de otros muertos. Todo termina siendo una explicación interminable. Una cadena infinita de causas y consecuencias que retrocede hasta perderse en el origen mismo de las cosas. Desde aquella explosión primigenia que lo comenzó todo—o desde el primer hombre que decidió explicarse el mundo mediante relatos— venimos arrastrando las mismas preguntas disfrazadas con distintos nombres.
Por eso desconfío tanto de los relatos morales absolutos. Porque casi nunca hay héroes puros ni villanos absolutos. Lo que hay son sociedades enteras empujando, justificando, obedeciendo, creyendo, odiando o sobreviviendo. Hay contextos. Hay estructuras. Hay épocas completas produciendo hombres capaces de encarnar sus obsesiones.
Así que no: no héroes, no villanos. Apenas millones de personas intentando darle sentido al caos. Y, entre todo eso, un interminable y brutal cúmulo de explicaciones.
Aquí la mía sobre los tres más grandes mitos de Fidel Castro, la Revolución Cubana y la de los intelectuales que lo condenan:
LA DEMOCRACIA
Quizá el mayor de los mitos modernos —sobre todo para liberales de cafetería, académicos solemnes e influencers con pedigree intelectual— sea asumir que la democracia occidental representa automáticamente la cúspide moral y política de la civilización humana. A partir de ahí condenan a Fidel, a Cuba y a cualquier experimento político que no se parezca demasiado a Washington o Bruselas. El problema es que la realidad suele ser bastante más incómoda que los discursos.
1) “En Cuba no hay elecciones”
Sí. Sí las hay. Cuba posee un sistema parlamentario unicameral donde se elige a la Asamblea Nacional del Poder Popular, y ésta designa posteriormente al Consejo de Estado y al presidente. Según la propia UNESCO y visitadores internacionales que se dieron cita en las últimas elecciones nacionales de la isla en el 2013, la participación ciudadana estuvo arriba del 90% del padrón electoral. La participación más alta –y por mucho- de todo el continente americano. ¿Es un sistema profundamente controlado por el Partido Comunista? Claro. ¿Tiene críticas legítimas sobre transparencia, pluralidad y libertades políticas? También. Pero reducirlo a “no existen elecciones” es intelectualmente flojo.
Sobre todo porque las democracias occidentales tampoco son precisamente modelos incontestables de pureza republicana. En México hemos quemado boletas electorales, permitido compra de votos, operado elecciones desde estructuras clientelares y convertido campañas políticas en subastas televisivas. En Estados Unidos, por ejemplo, ni siquiera gana necesariamente quien obtiene más votos populares, sino quien conquista el laberinto del Colegio Electoral. Un sistema diseñado en el siglo XVIII que hoy sigue permitiendo paradojas democráticas difíciles de explicar sin una botella de whisky al lado.
Como advertía Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás”. Y quizá ahí reside el punto: todas las democracias son defectuosas; solo que algunas tienen mejores publicistas. Lo verdaderamente incómodo es aceptar que millones de cubanos —por convicción, costumbre o falta de alternativas— han sostenido durante décadas el mismo modelo político. Y aunque eso incomode a occidente, sigue siendo un fenómeno político e histórico que merece algo más complejo que memes sobre dictaduras tropicales.
2) “La democracia es sagrada”
No. La democracia no es sagrada. Lo sagrado —si acaso existe algo parecido— debería ser una ciudadanía educada y capaz de pensar críticamente. La premisa democrática supone que el pueblo puede decidir racionalmente su destino colectivo. Pero para eso se necesita información, educación y cierta madurez institucional. De lo contrario, la democracia degenera fácilmente en espectáculo, propaganda y manipulación emocional.
Y ahí están los ejemplos. Líderes construidos desde la televisión, el marketing o el resentimiento colectivo: Trump, Berlusconi, Orbán, Erdogán, Bush (ambos) y buena parte del zoológico político latinoamericano contemporáneo. La democracia moderna muchas veces no premia al mejor gobernante, sino al mejor producto publicitario.
Ya lo advertía Guy Debord: vivimos en la “sociedad del espectáculo”. Y pocas cosas encajan mejor en esa definición que las campañas electorales modernas. Por eso el problema nunca han sido únicamente las elecciones, sino las condiciones bajo las cuales una sociedad elige. Un pueblo desinformado puede votar con la misma irracionalidad con la que un tirano gobierna.
La verdadera utopía, entonces, no es la democracia por sí misma. Sino un pueblo educado. Todo lo demás —elecciones, partidos, discursos y banderas— viene después.
LOS DERECHOS HUMANOS.
Dicen los que saben —o los que hablan como si supieran— que en Cuba no existen libertades, ni prensa libre, ni derechos civiles; que hay censura, presos políticos, persecución ideológica y una sociedad atrapada en el hermetismo revolucionario. Dicen los que saben que las mujeres de la isla en La Habana se prostituyen todas por un par de cajetillas de cigarros, y que los deportistas de alto rendimiento solo van a las Olimpiadas para escaparse de las Villas Olímpicas.
Vaya cosa. Lo cierto es que en Cuba, como en cualquier parte del mundo, existen disidentes. Gente que no piensa lo mismo que otra y se ha ido de ahí. Casi todos en Miami. Existen en sus cárceles presos que ellos consideran delincuentes, terroristas o espías, y que la comunidad internacional considera más bien “presos políticos”. 89, para ser exactos, según una lista de la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional dentro de la isla. 89 presos que las autoridades cubanas han encontrado culpables de planear actos terroristas o de pasar información a los yanquis imperialistas. Una lista discutible. Claro, como todo. Como igual de discutible son los otros tantos presos cubanos sentenciados a prisiones federales americanas acusados de los mismos crímenes. Quid pro quo.
Lo verdaderamente tramposo del debate comienza cuando ciertos países —particularmente los nuestros— hablan de derechos humanos desde una supuesta superioridad moral incontestable. En México, por ejemplo, según un estudio del Open Society Institute y del Centro de Investigación para el Desarrollo, existen cerca de 90,000 presos “legalmente inocentes”. Esto es: gente esperando sentencia o encarcelada por actos que no cometieron
México acumula fosas clandestinas, desapariciones masivas, impunidad estructural y decenas de miles de muertos derivados de la guerra contra el narcotráfico. Estados Unidos, autoproclamado guardián democrático del planeta, construyó la estación militar de Guantánamo, que organismos internacionales reconocen oficialmente como un centro de tortura y de violación sistemática de derechos humanos (mas de 800 adultos y niños han pasado por ahí desde su apertura).
Estados Unidos invade países enteros bajo mentiras y sigue registrando violencia policial sistemática contra minorías (de ahí su Black Lives Matter) en pleno siglo XXI. América Latina entera arrastra cárceles saturadas de inocentes, corrupción judicial y estados incapaces de proteger la vida de sus propios ciudadanos.
Eso no absuelve a Cuba de sus propios errores. Pero sí obliga a dimensionar el debate con algo de honestidad intelectual e histórica. Igual de curioso resulta que occidente suela reducir la libertad únicamente a la ausencia de censura, mientras ignora otras formas más sofisticadas de control. Chomsky advertía que la manipulación mediática moderna no necesita prohibir ideas; basta con saturar a la población de entretenimiento, ruido y consumo hasta volver irrelevante cualquier pensamiento crítico.
Y ahí están nuestras democracias hipermediáticas: reality shows, noticieros convertidos en espectáculo, propaganda disfrazada de información y presidentes construidos por algoritmos televisivos. Sí, programas televisivos para encontrarle pareja a nuestros perros malteses. Me temo que la libertad absoluta de mercado también produce sus propias formas de alienación.
Cuba eligió el camino opuesto: controlar el discurso para evitar —en su entender— convertirse en una sociedad consumista gobernada por corporaciones mediáticas. Una apuesta autoritaria, sí. Pero también una reacción histórica comprensible frente al dominio cultural estadounidense durante la Guerra Fría.
La prostitución, la pobreza o el mercado negro tampoco son exclusividades cubanas. Existen en La Habana como existen en Ciudad de México, Barcelona, Río, Madrid, Nueva York o Los Ángeles. La diferencia es que Cuba intentó regular ciertos fenómenos sociales desde el aparato estatal, mientras otros países simplemente aprendieron a convivir con ellos bajo la lógica del mercado. Las prostitutas en La Habana cuentan con seguro social. Las de Chicago, me temo que no.
Y quizá ahí reside el punto incómodo: los derechos humanos nunca han sido una discusión completamente pulcra ni completamente universal. También son geopolítica, propaganda y narrativa. Por eso comparar automáticamente a Cuba con Siria, Somalia o Corea del Norte suele ser menos un análisis serio que una consigna ideológica. Cuba tiene autoritarismo, sí. Pero también índices de violencia muy inferiores a buena parte de América Latina y una realidad social mucho menos apocalíptica de lo que suele venderse desde Miami o Twitter.
Como decía Galeano, “la realidad no está hecha de blancos y negros, sino de una infinita escala de grises”. Y pocas discusiones contemporáneas necesitan tanto de esos matices como la cubana.
Ahora, habría que decir —con todo el énfasis posible— que el tuit de Felipe Calderón deseándole “la pronta libertad” al pueblo cubano tras la muerte de su “dictador” produce, por lo menos, cierta ironía histórica. Sobre todo viniendo del presidente que declaró una guerra contra el narcotráfico cuyo saldo oficial superó los 120 mil muertos durante su sexenio. Más de 310 mil si se considera el periodo completo de violencia acumulada entre 2000 y 2016. Una muerte cada treinta minutos, según cifras entregadas al Senado mexicano. En términos proporcionales, aquello convirtió a México en un escenario más letal que varios conflictos armados del Medio Oriente. Y no como metáfora: literalmente.
Por eso resulta difícil escuchar lecciones morales sobre autoritarismo o derechos humanos desde un país que arrastra fosas clandestinas en San Fernando, masacres como Ayotzinapa, episodios como Acteal, Atenco o Nochixtlán, cientos de miles de desaparecidos y una violencia estructural que lleva años normalizándose frente a nuestros ojos. Y no se trata del viejo argumento mediocre de “nosotros estamos peor”. No. Se trata simplemente de reconocer que quienes habitan semejante desastre moral quizá deberían ejercer un poco más de prudencia antes de repartir certificados internacionales de democracia, libertad o civilización.
LA POBREZA
Existe, desde 1960, un embargo económico de Estados Unidos contra Cuba. Un bloqueo que no solo prohibió el comercio directo con la isla, sino que castigó durante décadas cualquier relación financiera o empresarial vinculada con el gobierno cubano. Y eso importa. Importa mucho más de lo que suele admitirse en los debates simplones de Twitter. Porque ningún país pequeño sobrevive intacto cuando la mayor potencia económica del planeta decide asfixiarlo comercialmente durante más de medio siglo.
Cuba es una pequeña isla de 109 mil kilómetros cuadrados (algo así como el tamaño de Oaxaca y Querétaro juntos). No cuenta con ríos o petróleo o carbón o materia prima para la producción de energía. Cuenta con clima y tierras fértiles aptas para el cultivo de ciertos productos como el plátano, tabaco y la caña. Es una isla limitada en recursos naturales, dependiente históricamente del exterior y sostenida durante décadas por el subsidio soviético. Cuando cayó la Unión Soviética, cayó también el andamiaje económico cubano. Lo que vino después fue escasez, desabasto y precariedad. Y sí: buena parte de esa tragedia responde a errores internos, burocracia ineficiente y dogmatismo económico. Pero fingir que el embargo estadounidense no tuvo consecuencias sería tan absurdo como imaginar un México aislado del comercio norteamericano sobreviviendo con absoluta normalidad. La geopolítica también produce pobreza.
Lo interesante —y lo incómodo— es que, aun bajo esas condiciones, la revolución cubana apostó obsesivamente por garantizar ciertos mínimos sociales: educación, salud, alimentación y vivienda. Mientras gran parte de América Latina normalizó niños durmiendo en las calles, analfabetismo estructural y sistemas de salud colapsados, Cuba priorizó indicadores sociales por encima del consumo. Ahí están sus tasas históricas de alfabetización, mortalidad infantil y esperanza de vida reconocidas durante años por organismos internacionales como UNICEF, UNESCO, y la ONU. Como decía Amartya Sen, la pobreza no consiste únicamente en la falta de dinero, sino en la privación de capacidades básicas para vivir dignamente.
Por eso resulta tan reduccionista definir la pobreza cubana únicamente desde la ausencia de iPhones, Starbucks, coches nuevos o anaqueles llenos. Cuba tiene escasez, sí. Tiene atraso económico, infraestructura deteriorada y un evidente rezago tecnológico. Pero también logró cosas que muchos países “libres” y perfectamente integrados al mercado jamás consiguieron garantizar para todos sus ciudadanos. Y ahí reside la contradicción incómoda de la isla: un país pobre que, pese a todo, consiguió ciertos niveles de bienestar social que buena parte del continente todavía persigue.
Lo que Fidel quiso para su país fue una Cuba donde el estado garantizara (sin excusas) las condiciones más básicas y elementales. Ya sabe: la educación, el alimento, la salud, la vivienda. Durante mi paso por la Habana recuerdo con atención e impacto los espectaculares de las carreteras con frases estadísticas instructivas como: “200 millones de niños en el mundo duermen hoy en las calles… ninguno es cubano”, o “8.5 millones de niños en el mundo trabajan en condiciones de esclavitud… ninguno es cubano”. Todas cifras reales, y ciertas.
Cuba no es un paraíso revolucionario ni un infierno totalitario. Es, más bien, una nación atrapada entre sus propias limitaciones, sus errores históricos y la presión permanente de una disputa ideológica global. Un país lleno de claroscuros. Como casi todos.
Aquellas críticas a la Revolución Cubana —a sus excesos, sus formas y sus dogmas— que comenzaron con Octavio Paz y continuaron después en las plumas de Monsiváis, Krauze o Vargas Llosa, terminaron muchas veces atrapadas en una especie de teatralidad moral. Una indignación elegante, perfectamente diseñada para la portada cultural, el auditorio universitario o la mesa de análisis televisiva. Frases solemnes como aquella de Vargas Llosa en la FIL asegurando que “la historia no absolverá a Fidel” suelen sonar menos a historiografía y más a sentencia litúrgica. Y la historia —convendría recordarlo— no suele absolver ni condenar a nadie: la historia explica. Contextualiza. Desmenuza. Reduce a los hombres a su dimensión real. Como escribió Eric Hobsbawm, el deber del historiador no es emitir veredictos morales, sino comprender procesos.
Por eso resulta cansino escuchar a cierta comentocracia mexicana —Jorge Castañeda, Héctor Aguilar Camín, Leo Zuckermann, y los Chumeles de Tuiter— reducir sesenta años de revolución, embargo, Guerra Fría, alfabetización masiva, autoritarismo, resistencia política y contradicciones históricas a una caricatura tropical de pobreza y consignas trasnochadas. Porque Cuba podrá haber sido muchas cosas —dogmática, rígida, propagandística incluso—, pero jamás fue un fenómeno simple. Y quizá el verdadero problema de ciertos intelectuales contemporáneos no sea Fidel Castro, sino su obsesión por convertir toda discusión histórica en una cómoda batalla de buenos impecables contra villanos absolutos.
A todos ellos me gustaría atizarles algo recordado por Carlos Marín (con quien no suelo estar de acuerdo nunca) en su columna del Lunes 28 de Noviembre:
La Operación Carlota
En 1975, después de aquella tierna Revolución de los Claveles en Portugal, que tuvo como consecuencia la independencia de todas sus colonias, entre ellas Angola, en medio de una guerra civil auspiciada por Estados Unidos para desestabilizar la región: Cuba decidió mandar tropas. Para combatir al imperialismo. Durante más de 16 años (de 1975 a 1991) el gobierno cubano aportó más de 52 mil combatientes, cerca de 450 mil servidores de guerra (médicos, ingenieros, y maestros) además de 2,655 muertos.
La presencia de Cuba en África significó la independencia de Angola, la de Namibia y la de la caída del apartheid en Sudáfrica. Así como lo oye. Cuba llevó su libertad –y su discurso- a combatir el racismo y la opresión de las naciones africanas cuando nadie más lo hizo. Mandela se refirió siempre a Fidel como “un hermano”, y al pueblo entero cubano le expresó siempre su “gran deuda”. Fidel caminó por las calles de Johannesburgo como héroe nacional, y recibió una reconocida ovación en su entrada al Congreso Nacional de Sudáfrica, aquel lejano 1994. La "Operación" lleva el nombre de una esclava negra lecumí, quien lideró el levantamiento en armas de un grupo de esclavos en un ingenio azucarero de la Cuba de 1843: Carlota.
A Yoani Sánchez y compañía; a los intelectuales conversos que encontraron en la demolición pública de la Revolución Cubana una nueva forma de redención moral; y también a todos aquellos que sintieron tristeza por la muerte de Fidel Castro pero prefirieron callarla por miedo al tribunal instantáneo de Tuiter: párenle un poco al mame. La muerte de Fidel no significó el derrumbe automático del autoritarismo, ni la liberación súbita del pueblo cubano, ni tampoco el fin de la pobreza o de las contradicciones históricas de la isla. Significó solamente eso: una muerte. El final biológico de un hombre convertido —para bien y para mal— en símbolo. Cuba seguirá haciendo lo que ha hecho siempre: sobrevivirse a sí misma.
Y sí: aquella izquierda romántica de los discursos eternos, las consignas de plaza pública y la retórica revolucionaria necesita evolucionar. Claro que necesita hacerlo. Pero también convendría recordar que las sociedades no avanzan únicamente a punta de mercados, algoritmos y pragmatismos financieros. A veces avanzan gracias a ideas obstinadas, incluso cursis. Y quizá ahí, entre la épica, el fracaso y la contradicción, es donde realmente habitan todos los procesos humanos importantes.
Aquí mi colofón -también cursi- a Fidel, el dictador de la educación y la salud, el tirano que apoyó la independencia en África, la sustraigo de aquella Canción del Elegido de Silvio -dedicada (por él) a Abel Santamaría pero igual de aplicable-: “y comprendió que la guerra era la paz del futuro”... y que “lo hermoso, nos cuesta la vida”.
Vaya que sí.
Para que te demos lo tuyo. A domicilio.