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Las cosas en las que creo.

Las cosas en las que creo.

Acepto, desmesuradamente,
la existencia de la vida.
Creo en la araña y en la bacteria,
en la ola de los mares
y en los polos de la tierra.

En las hojas húmedas del Amazonas,
y en los pastizales secos de la sabana.
Ciertamente, porque en algún lugar habré leído de ellos.
Creo en la velocidad supersónica de los aviones de combate,
en la composición del agua,
y en las propiedades curativas de la aspirina.

Entiendo un poco de física y de química.
Defiendo a muerte la existencia del átomo
y los compuestos complejos de la molécula.
Aprendí, en un documental del cosmos,
que el elemento en el que se basa la vida —como la conocemos—
es el Carbono.
De ahí su importancia, en la búsqueda astrofísica del universo.

Creo, ciegamente, en las leyes de gravedad
y la termodinámica.
Creo también —porque ya por fin se ha comprobado—
en la existencia del Bosón de Higgs.
Aquella partícula primaria
que lo comenzó todo.

Ciertamente me inundan las dudas,
de los agujeros negros y la antimateria,
como así, de las cuerdas cuánticas,
y la supersimetría.

Nunca he estado más seguro de la existencia del páncreas,
porque al abuelo le mató la diabetes.
Y un día frío de Febrero, al Tata se le quebró la tibia
y ahora creo mucho en los huesos.

Defiendo la presencia de los Dinosaurios,
porque el esqueleto del museo de paleontología,
no podría ser de otra cosa.
Supongo que su extinción
se debió a un meteorito inmenso,
pero estoy dispuesto a aceptar otras teorías.

Creo en el aire que respiro,
aunque no le veo,
y en la fotosíntesis del naranjo
en el traspatio de los abuelos.

Creo en el colibrí, en la almendra,
en la economía de Keynes,
y en la estructura del helado de vainilla.
Creo en las mañanas, y en la noche,
en las estaciones todas,
y en la circunferencia de la tierra.
En los bemoles y el azúcar sin calorías.

Creo en los colores, y en el rayo,
en el fuego y en la chispa.
Creo en las canciones de Dylan,
y en los bytes donde se almacenan sus melodías.
Creo en el café negro de las mañanas
y en las largas duchas
contigo encima.

En lo que me niego a creer
es en las escasas leguas
con las que se recorre la vida,
y en la terquedad del tiempo
que insiste en pasar
sin llevarse tu nombre.

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