Sin embargo, elevada a dogma, termina funcionando como coartada política. El problema de nuestras sociedades no puede reducirse a una terapia de autoestima colectiva. De ahí derivan todos los lugares comunes del civismo contemporáneo:
—“El cambio está en uno”.
—“Tenemos el gobierno que merecemos”.
—“Antes de exigir, hay que empezar por nosotros”.
Frases cómodas. Moralmente impecables. Y profundamente insuficientes. No porque el individuo carezca de responsabilidad, sino porque convertirlo en el único culpable diluye el peso de las estructuras reales: instituciones corruptas, oligarquías fácticas, monopolios políticos, impunidad sistemática. Pierre Bourdieu advertía que las sociedades producen hábitos y conductas tanto como los individuos producen sociedades. Y Hannah Arendt recordaba que el deterioro político comienza cuando los problemas públicos se reducen a asuntos privados de moral personal.
Por eso resulta tan sintomática la obsesión contemporánea por los #Lords, #Ladies y los vigilantes cívicos de las redes sociales. El nuevo hobby de la clase media consiste en grabar al vecino mal estacionado, exhibir al que aparta lugares con cubetas o humillar públicamente al infractor menor como si ahí se estuviera librando la batalla moral de la República.
El problema no es denunciar conductas incívicas. El problema es la desproporción. Mientras el estado fracasa en seguridad, justicia o corrupción, buena parte de la indignación pública se canaliza hacia pleitos de banquetas y escándalos virales de estacionamiento. Guy Debord lo explicó hace décadas: en la sociedad del espectáculo, la representación sustituye a la realidad. Parecemos más interesados en escenificar virtud que en transformar estructuras.
Ese civismo performático produce una ilusión peligrosa: creer que la crisis nacional se explica por ciudadanos que no recogen las heces del perro o se meten en doble fila. Como si la decadencia institucional de un país pudiera resumirse en faltas de urbanidad.
No. Una cosa es el pequeño abuso cotidiano; otra, muy distinta, es equiparar al ciudadano mediocre con la raíz total del desastre nacional. Hay diferencias de escala, de responsabilidad y de poder. Confundirlas es intelectualmente perezoso. El cambio, tristemente, no está en uno.
La clase media digital encontró en estas cruzadas una forma barata de heroísmo. Es más sencillo grabar a un automovilista que comprender cómo funcionan las redes de corrupción, la oligarquía sistémica o el clientelismo político. El civismo de cámara en mano termina muchas veces convertido en entretenimiento moral: una mezcla de linchamiento público, narcisismo y pedagogía barata.
El sentido común —ese tan despreciado por cierta intelectualidad abstracta— obliga a distinguir prioridades. No toda falta administrativa merece convertirse en cruzada ética. No todo comportamiento molesto representa una amenaza civilizatoria. Y no toda transformación política comienza regañando desconocidos en TikTok.
Porque una sociedad no se "arregla" únicamente con ciudadanos más obedientes. También necesita de instituciones menos miserables y políticas más públicas. Y olvidar eso, detrás de frases inspiracionales y civismo teatral, es una forma elegante de no entender nada.
Buscando likes, no se llega a Roma.
Para que te demos lo tuyo. A domicilio.