La frase conserva vigencia porque resume la lógica política contemporánea: vivimos atrapados entre bandos morales que simplifican la realidad hasta volverla irreconocible. Todo debe reducirse a una dicotomía inmediata: buenos y malos, pueblo y élite, conservadores y progresistas, chairos y fifís. El mundo entero funciona hoy como un plebiscito permanente. Un Brexit emocional e infinito.
Y ese plebiscito ya no ocurre en los parlamentos ni en los periódicos. Ocurre en las redes sociales. Particularmente en esa enorme plaza pública digital que es Facebook y Twiter, donde por primera vez la clase media dejó de ser únicamente consumidora de información para convertirse también en emisora, comentarista, juez y tribunal. Ahí reside el verdadero cambio político de nuestra época.
Durante décadas, el monopolio del discurso perteneció a los medios tradicionales y a las élites políticas. Chomsky advertía que la opinión pública se construía enterrando la verdad bajo “montañas de mentiras”. La diferencia es que hoy esas montañas pueden ser cuestionadas en tiempo real. Las redes sociales fragmentaron el monopolio de la narrativa. Ya no existe una sola voz autorizada.
Ese fenómeno tiene algo profundamente democrático y profundamente caótico. Porque sí: un meme puede erosionar más legitimidad política que un editorial solemne. La sátira digital tiene una capacidad corrosiva que los viejos aparatos propagandísticos nunca entendieron del todo. Un video ridículo, una frase desafortunada o una imagen viral pueden destruir en horas la solemnidad que antes protegía al poder. En ese sentido, internet sí democratizó algo fundamental: el ridículo.
Pero también democratizó la histeria. La misma herramienta que sirve para cuestionar al poder sirve para convertir cualquier discusión pública en linchamiento colectivo. Y ahí comienza la trampa. La conversación política de la clase media termina muchas veces degradada en moralismo instantáneo: exhibir al vecino, cancelar al conductor imprudente, viralizar al que se estacionó mal o al que no recogió las heces del perro como si se estuviera combatiendo a la mismísima dictadura de Pinchote (sic).
No toda indignación tiene el mismo peso moral ni político. Confundir a un funcionario corrupto con un ciudadano ordinario que comete una falta menor revela una pérdida total de proporción. El problema nunca fue denunciar abusos; el problema es borrar las diferencias entre abuso estructural y torpeza cotidiana. Entre quien utiliza el poder para violentar a otros y quien simplemente reproduce hábitos urbanos mediocres.
Byung-Chul Han sostiene que las redes sociales producen “enjambres digitales”: multitudes hiperreactivas incapaces de construir pensamiento político duradero. Mucha indignación, poca estructura. Mucho castigo simbólico, poca transformación real.
Y quizá ahí reside la contradicción central de esta nueva democracia digital. La clase media descubrió por fin un instrumento de presión pública, pero corre el riesgo de desperdiciarlo en pequeñas cruzadas morales irrelevantes. La energía que podría dirigirse hacia corrupción sistémica, impunidad, poderes fácticos o captura institucional termina invertida en tribunales improvisados de civismo performático. Confundiendo el síntoma con la enfermedad.
El riesgo es evidente: que la crítica al poder termine convertida en vigilancia obsesiva entre ciudadanos comunes. Que la rebeldía digital desemboque en puritanismo. Y que el sistema salga intacto mientras nosotros nos despedazamos entre hashtags.
Porque una democracia madura necesita ciudadanos críticos, no inquisidores amateurs. Y porque ningún país (o cultura) se transforma únicamente exhibiendo personas incómodas o ridículas en internet. A veces el espectáculo de la indignación produce más ruido que sustancia.
Y, paradójicamente, el ruido -casi siempre- termina favoreciendo al poder que decía combatir.
Para que te demos lo tuyo. A domicilio.