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La conquista intelectual de Díaz Ayuso.

Hay algo profundamente irónico -y casi literario- en que Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, eligiera precisamente la calle Guatemala número 24 de Ciudad de México para reivindicar la obra civilizadora de España en América.

La conquista intelectual de Díaz Ayuso.

Porque justo ahí, debajo de los adoquines y de los turistas distraídos del Centro Histórico, arqueólogos mexicanos siguen desenterrando el Huei Tzompantli mexica: un altar monumental de cráneos humanos levantado hace más de quinientos años por los habitantes de Tenochtitlán.

Miles de cráneos. Huesos perforados. Mandíbulas apiladas. La muerte convertida en arquitectura ritual. Y entonces Ayuso —envuelta en esa mezcla tan española de nostalgia imperial y soberbia castellana— decidió recordarnos que “México no existía antes de la llegada de España”. Y, —en alusión a la presidenta Sheinbaum—: “Pregúntenle a la presidenta de México y a los mexicanos…que hay en la calle Guatemala 24". Vaya tela.

La frase, por supuesto, incendió titulares, sobremesas, timelines y patriotismos tropicales. Porque el problema de las frases simplistas no es solo que simplifican. Es que suelen ignorar la brutal complejidad de la historia.

Y la historia, como escribió Hegel, “no es el terreno de la felicidad”. La frase cayó en redes sociales como caen siempre estas frases: convertida instantáneamente en munición emocional. Los chairos mexicanos se indignaron -y se tiraron con la bandera envuelta desde el Castillo de Chapultepec-. Los nostálgicos del imperio español aplaudieron. Los opinadores profesionales hicieron lo suyo: reducir cinco siglos de historia complejísima a una guerra de tuits entre “indigenistas resentidos” y “europeístas civilizadores”. Internet, siendo Internet.

Pero el problema con la historia —y sobre todo con la Conquista— es que jamás cabe en una consigna política. Mucho menos en un tuit. Porque la Conquista de México no fue una película de buenos contra malos. No fue “civilización versus barbarie”. Ni tampoco el relato romántico de quinientos héroes españoles derrotando épicamente a millones de salvajes semidesnudos bajo la protección divina de Santiago Matamoros. La historia real suele ser bastante menos épica y muchísimo más incómoda.

Porque sí: los mexicas levantaban altares de sacrificio humano. Pero también la europa católica quemaba personas vivas en plazas públicas mientras discutía si las mujeres tenían alma. Sí: Tenochtitlán practicaba guerras rituales. Pero España acababa de expulsar judíos y musulmanes tras siglos de cruzadas, persecuciones religiosas y limpieza ideológica. Sí: hubo barbarie en América. Como la hubo en prácticamente todas las civilizaciones humanas que acumularon suficiente poder como para imponerse sobre otras.

Will Durant escribió alguna vez que: “La civilización existe por consentimiento geológico, sujeta al cambio sin previo aviso”. Y eso fue exactamente la Conquista: el colapso violento de un orden y el nacimiento brutal de otro. Ni evangelización divina. Ni genocidio simplificado. Ni redención histórica. Ni leyenda rosa. Ni leyenda negra. Solo historia. Una historia escrita, además, por quienes sobrevivieron para contarla.

Y quizá ahí reside el verdadero fondo incómodo del asunto: en que cinco siglos después seguimos intentando usar el pasado como arma moral contemporánea. Como si Hernán Cortés y Moctezuma hubieran abierto cuentas en tuiter para discutir sobre derechos humanos mientras medio continente moría de viruela.

El país que “no existía”.

Técnicamente, Ayuso tiene razón. México, entendido como estado-nación moderno, efectivamente no existía antes de 1521. Tampoco existía España, dicho sea de paso, durante buena parte de la Edad Media. Existían Castilla, Aragón, Navarra, Granada y otros reinos fragmentados que pasaron siglos matándose entre sí antes de consolidarse políticamente.

Tampoco existía Italia, ni Alemania, ni Francia como hoy la entendemos. Los estados modernos son inventos relativamente recientes. Pero usar esa premisa para insinuar que en Mesoamérica no existía civilización alguna antes de los españoles es, además de históricamente flojo, profundamente eurocentrista.

Porque cuando Hernán Cortés desembarcó en Veracruz en 1519, Tenochtitlán era probablemente una de las ciudades más impresionantes del planeta. Más limpia que París. Más organizada que Londres. Más poblada que Madrid. Bernal Díaz del Castillo escribió, maravillado, que al verla por primera vez sus hombres pensaron estar soñando: “Parecía cosa de encantamiento… por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro del agua”. Y no exageraba.

La capital mexica tenía acueductos, mercados gigantescos, sistemas hidráulicos avanzados, agricultura lacustre, rutas comerciales continentales y una densidad urbana que muchas ciudades europeas tardarían siglos en alcanzar. Mientras tanto, buena parte de Europa seguía oliendo a estiércol, peste bubónica y fervor inquisitorial.

Los bárbaros incorrectos.

Ahora bien: tampoco es que sea necesario romantizar demasiado a los mexicas. Sí, practicaban sacrificios humanos. Sí, sometían pueblos tributarios. Sí, construyeron un imperio militarista y profundamente violento. Pero aquí viene la parte incómoda para la narrativa occidental: Europa hacía exactamente lo mismo. Solo que con mejores cronistas.

Porque mientras en Tenochtitlán se arrancaban corazones para alimentar a Huitzilopochtli, en Europa se despedazaban cuerpos en nombre de Cristo, de la corona o de la pureza de la fe. La Santa Inquisición española —esa misma España que siglos después hablaría de traer “civilización” a América— perfeccionó métodos de tortura que hoy llenarían documentales enteros de Netflix. El potro. La garrucha. La toca. Personas quemadas vivas en plazas públicas frente a multitudes que acudían al espectáculo con la misma naturalidad con la que hoy uno va al estadio.

Michel Foucault describía estas ejecuciones públicas como “la teatralización del castigo”. El poder exhibiendo su fuerza sobre los cuerpos. Las Cruzadas arrasaron ciudades enteras bajo el pretexto de liberar Tierra Santa. En 1099, durante la toma de Jerusalén, los cronistas cristianos describían orgullosos cómo la sangre corría “hasta las rodillas de los caballos”. Católicos degollando musulmanes. Musulmanes degollando cristianos. Cristianos degollando judíos. Todos convencidos de estar haciendo la voluntad de su Dios.

Voltaire escribiría siglos después: “Quienes pueden hacerte creer absurdidades pueden hacerte cometer atrocidades”. Y Europa llevaba siglos perfeccionando ambas cosas. Mientras tanto, Inglaterra ejecutaba campesinos por robar pan. Francia atravesaba guerras religiosas interminables. Alemania se incendiaba en conflictos feudales donde aldeas enteras desaparecían por caprichos dinásticos. La cacería de brujas mandó a miles de mujeres a la hoguera. El Imperio Otomano empalaba enemigos. Los mongoles levantaban pirámides de cabezas humanas. Iván el Terrible hacía honor a su apodo. Y en África y Asia distintos reinos esclavizaban, conquistaban y exterminaban vecinos con absoluta normalidad.

La humanidad entera siempre ha sido brutal. El verdadero error histórico es creer que existieron civilizaciones “puras” o moralmente superiores. No las hubo. La Europa que llegó a América no era la Europa ilustrada de Voltaire o Montesquieu. No era la de los derechos humanos, ni la democracia liberal, ni las garantías individuales. Era una Europa medieval tardía: fanática, hambrienta, expansionista y profundamente religiosa.

Y aquí aparece el gran truco retórico de la historia occidental: durante siglos Europa logró convencerse a sí misma de que su violencia era “civilizadora”, mientras la violencia ajena era “barbarie”. Valdría la pena entonces preguntarle a la presidenta de la Comunidad de Madrid, y a los españoles: ¿Qué hay en la calle Alfonso XII, No. 24, en pleno casco histórico de Toledo? O ¿En el Palacio de los Leones, dentro de la Alhambra de Granada? Lugar de la terrible matanza de los Abencerrajes. Mejor no preguntar.

La verdadera conquista.

Quizá la mentira más grande de toda la epopeya colonial: la idea romántica de que quinientos españoles derrotaron heroicamente a millones de indígenas mediante valentía militar. La conquista de México no fue una batalla ganada. Fue un colapso epidemiológico. El verdadero conquistador se llamó viruela.

Jared Diamond lo explica brutalmente en Armas, gérmenes y acero: las civilizaciones americanas llevaban miles de años aisladas microbiológicamente del resto del mundo. No tenían defensas inmunológicas frente a enfermedades euroasiáticas: viruela, sarampión, influenza, tifus. Los virus hicieron más trabajo que los arcabuces.

Se calcula que en apenas un siglo la población indígena de Mesoamérica colapsó hasta en un 90%. Ciudades enteras desaparecieron. Comunidades completas murieron sin siquiera haber visto a un español.

Cortés no conquistó solo. Conquistó aprovechando fracturas internas. Tlaxcaltecas, totonacas y otros pueblos indígenas se aliaron con él porque odiaban el dominio mexica. La caída de Tenochtitlán fue también una guerra civil mesoamericana. Donde además hubo mentiras. Promesas incumplidas. Traiciones. Manipulación religiosa. Diplomacia oportunista.

Para efectos prácticos: la Conquista real tiene menos en común con la película "300", y mucho más en común con una temporada de "Game of Thrones". Hernán Cortés está más lejos de Leónidas, y muchos más cerca de Walder Frey, el anfitrión de la infame "Boda Roja" quien conspiró y dió muerte a los Stark.

La historia la cuentan los vencedores.

Sí, Europa ganó. Y los vencedores escriben los libros. Por eso durante siglos aprendimos que Cortés “civilizó”, que los indígenas eran “salvajes” y que occidente representaba el punto culminante de la historia humana. Edward Said llamaría a esto orientalismo: la capacidad de occidente para narrar al otro desde una posición de superioridad moral permanente.

Pero la historia no funciona así de simple. Los mexicas no eran monstruos sanguinarios salidos del infierno. Los españoles tampoco demonios absolutos. Eran pueblos de su tiempo. Violentos. Religiosos. Expansionistas. Humanos. Como los romanos que conquistaron Hispania. Como los musulmanes que gobernaron Al-Ándalus durante siglos. Como los visigodos. Como los mongoles. Como los británicos. Como prácticamente cualquier civilización que acumuló poder suficiente para expandirse.

Y aquí aparece otra ironía maravillosa: España jamás se levanta cada mañana agradeciendo a Roma por haberla conquistado. Tampoco rinde pleitesía diaria a los moros, pese a que ocho siglos de dominación islámica moldearon profundamente su lengua, arquitectura, ciencia y cultura. Ironía deliciosa: buena parte de esa derecha española contemporánea que reivindica con fervor la “obra civilizadora” del imperio en América suele negar, al mismo tiempo, cualquier continuidad histórica o cultural con el mundo musulmán que habitó la península ibérica durante casi ocho siglos.

Como si Al-Ándalus hubiera sido apenas un accidente incómodo del que conviene no hablar demasiado. Y, sin embargo, la España moderna sería literalmente impensable sin aquella herencia árabe y bereber que hoy tantos reaccionarios desprecian mientras toman café en plazas construidas sobre antiguas medinas musulmanas. El idioma español está repleto de arabismos: ojalá, almohada, azúcar, aceite, alcalde, ajedrez. Buena parte de su arquitectura más emblemática —la Alhambra, la Mezquita de Córdoba, el Alcázar de Sevilla— nació del mundo islámico que hoy ciertos discursos identitarios prefieren reducir a “invasores”. La transmisión de conocimientos matemáticos, astronómicos y médicos hacia Europa pasó en gran medida por Al-Ándalus mientras buena parte del continente atravesaba siglos bastante más oscuros intelectualmente.

Pero la historia tiene estas paradojas incómodas: los mismos sectores políticos que exigen a los mexicanos “agradecer” eternamente la conquista española suelen rechazar ferozmente la inmigración magrebí contemporánea y reivindicar la Reconquista como una especie de purificación civilizatoria de Europa. Es decir: España puede asumir como propia toda la riqueza cultural heredada de ocho siglos de presencia musulmana… mientras niega a los descendientes culturales de ese mismo mundo cualquier legitimidad histórica o simbólica dentro de la España actual. La historia, al parecer, solo merece celebrarse cuando ya no incomoda políticamente en el presente.

Así las cosas, ¿por qué los mexicanos tendrían obligación moral de agradecer una conquista más?

Los conquistadores equivocados.

Quizá valdría la pena hacer una pregunta aún más incómoda. Una de esas que nadie quiere hacer por no reventar patriotismos a diestra y siniestra: ¿y si América Latina no solo fue conquistada violentamente —como cualquier otra conquista—… sino también invadida por la cultura equivocada?

Max Weber planteaba en La ética protestante y el espíritu del capitalismo que el desarrollo económico moderno de occidente —en referencia a las potencias económicas modernas, todas ellas anglosajonas— no podía explicarse únicamente desde los recursos naturales o la fuerza militar, sino desde ciertas estructuras culturales profundamente arraigadas en las sociedades protestantes del norte europeo. La disciplina laboral. El ahorro. La racionalización burocrática. La idea calvinista del trabajo como virtud moral. Mientras el catolicismo mediterráneo mantenía estructuras más jerárquicas, aristocráticas y patrimonialistas, las sociedades protestantes comenzaron a desarrollar instituciones más funcionales para el capitalismo moderno.

Weber quizá exageraba en algunas conclusiones —como suelen hacer los alemanes cuando escriben teorías universales sobre la humanidad—, pero la comparación histórica sigue siendo incómodamente visible: los territorios colonizados por Inglaterra, y en menor medida por Francia u Holanda, terminaron convirtiéndose en las economías más poderosas del planeta: Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda. Mientras tanto, gran parte de América Latina —colonizada por España y Portugal, y su catolicismo castizo— quedó atrapada entre caudillismos, desigualdad estructural, corrupción institucional y economías extractivas heredadas directamente del modelo colonial ibérico.

Porque España nunca vino realmente a poblar América. Vino a extraerla. El modelo colonial español estaba diseñado alrededor del saqueo de metales, la concentración de poder y el control vertical de la riqueza. Virreinatos administrados desde la corona. Castas raciales. Monopolios comerciales. Iglesia y Estado funcionando como una misma maquinaria de control político y espiritual. Mientras en Norteamérica los ingleses terminaban creando comunidades relativamente autónomas de pequeños propietarios, universidades locales y formas tempranas de autogobierno, en América Latina se construían haciendas, encomiendas y élites criollas obsesionadas con reproducir los privilegios de sangre heredados de Europa. John Locke —en 1689— escribía sobre derechos individuales mientras en la Nueva España seguíamos organizando la sociedad alrededor de apellidos, abolengos y conexiones con el virrey en turno.

Y claro, simplificar el presente únicamente desde la herencia colonial sería torpe —Latinoamérica también destruyó muchísimo de sí misma sola—, pero resulta difícil ignorar que muchas de nuestras instituciones siguen funcionando como versiones maquilladas del viejo orden colonial español: centralistas, clientelares, profundamente desiguales y diseñadas para beneficiar siempre a unos cuantos. España misma salió del tercermundismo apenas en el siglo XXI —no por mérito propio, exclusivamente— gracias a Bruselas, sus políticas progresistas, el euro y su fuerte arrastre económico. La historia de la madre patria en el siglo XX no dista mucho de la de cualquier país latinoamericano: dictaduras, aristocracias, oligarquías fácticas, casticismo, y una clase media sumida en la pobreza.

Claro que esto tampoco convierte automáticamente al mundo anglosajón en superior moralmente. Estados Unidos exterminó pueblos indígenas completos, construyó parte de su riqueza sobre esclavitud africana y exportó guerras por medio planeta. Bélgica convirtió el Congo en un matadero colonial. Francia saqueó África durante siglos. Inglaterra colonizó medio mundo bajo la elegante narrativa del libre comercio mientras provocaba hambrunas masivas en India e Irlanda. No existe imperio inocente. Ninguno. Pero sí existen diferencias culturales e institucionales que terminaron produciendo resultados históricos distintos.

Y quizá ahí radica otra de las tragedias silenciosas de América Latina: no solo heredamos la violencia de la conquista, sino también muchas de las peores inercias políticas de una España imperial que para entonces ya empezaba a quedarse rezagada frente al capitalismo moderno del norte europeo. Como escribió Octavio Paz: “las colonias españolas fueron hijas de un imperio en decadencia”. Ante eso, valdría la pena preguntarse también si el México de hoy —o para efectos prácticos, Latinoamérica entera- debería estar realmente agradecido por hablar español, en lugar de inglés. De usar el peso, y no el dólar.

El resentimiento como forma de hacer política.

Ahí, en el resentimiento, suele perderse la conversación entre consignas patrióticas, nostalgias imperiales y nacionalismos de sobremesa: la historia no funciona bajo las reglas emocionales del presente. No opera como tribunal moral permanente. No reparte culpas hereditarias. No condena generaciones futuras por los actos de generaciones muertas hace quinientos años.

Ningún español contemporáneo desembarcó en Veracruz junto a Cortés. Ningún mexicano actual defendió Tenochtitlán junto a Cuauhtémoc. Y sin embargo, cinco siglos después, seguimos discutiendo la Conquista como si todos acabáramos de salir del campo de batalla ayer por la tarde.

Los españoles no tienen por qué vivir pidiendo perdón eternamente por la expansión imperial de Castilla, igual que los italianos no despiertan cada mañana disculpándose por Julio César, ni los mongoles por Gengis Kan, ni los turcos modernos por el Imperio Otomano, ni los británicos por medio planeta colonizado.

La historia humana completa está construida sobre conquistas, migraciones, invasiones, mezclas, exterminios y absorciones culturales. Absolutamente todas las civilizaciones que acumularon suficiente poder terminaron imponiéndose sobre otras. Roma conquistó Hispania. Los musulmanes conquistaron gran parte de la península ibérica. Los visigodos conquistaron antes a los romanos. Napoleón incendió media Europa. Estados Unidos expandió su territorio sobre pueblos indígenas y territorios mexicanos. Y así, hasta el infinito.

Nadie hereda jurídicamente la culpa histórica de sus antepasados. Pero tampoco la gloria. Y quizá por eso mismo las disculpas solicitadas por López Obrador a la Corona española hace algunos años terminaron generando tanta indignación para algo relativamente menor. Porque, en el fondo, una disculpa histórica no cambia absolutamente nada material. No resucita muertos. No corrige el pasado. No altera el presente. Apenas funciona como gesto simbólico.

Y sí, los símbolos importan. Aunque sea solamente en un contexto emocional. Quizá cursi. Pedir una disculpa no destruye España. Otorgarla tampoco humilla a nadie. Canadá ha pedido disculpas a pueblos indígenas. Australia también. Alemania construyó buena parte de su identidad contemporánea sobre el reconocimiento de sus horrores históricos. No porque las generaciones actuales sean culpables directas, sino porque reconocer el dolor histórico ajeno no necesariamente implica cargarlo como pecado personal eterno.

Pero tampoco volverlo resentimiento identitario permanente. Porque ahí está el otro extremo igual de absurdo: construir una identidad nacional basada exclusivamente en agravios históricos heredados. Vivir atrapados emocionalmente en 1521. Explicar cada fracaso contemporáneo desde la Conquista. Convertir a Cortés en explicación metafísica de todos los males mexicanos quinientos años después.

Eso también termina siendo una forma de parálisis intelectual. Octavio Paz lo escribió mejor que nadie en El laberinto de la soledad: México lleva siglos debatiéndose entre el rechazo y la fascinación hacia su propio origen mestizo. Entre la herida indígena y la herencia española. Entre Cuauhtémoc y Cortés. Entre el resentimiento y la negación. Porque la historia no tiene sentimientos. La historia no absuelve. No condena. No pide disculpas. Solo ocurre. Y luego alguien gana el derecho de contarla.

Quizá ese sea el verdadero problema de las declaraciones de Ayuso: no que reivindiquen a España, sino que sigan intentando explicar América desde la vieja mirada imperial donde Europa aparece siempre como protagonista moral de la humanidad. Y no. Europa conquistó. Mesoamérica cayó. Millones murieron. Nació otra cosa. México. Ni mejor ni peor. Solo distinto.

El resto —las banderas, los orgullos patrióticos, los resentimientos heredados y las nostalgias imperiales— son apenas discusiones modernas entre fantasmas históricos que llevan siglos muertos.


Quizá la ironía más brutal de toda esta historia sea otra: que quienes terminaron heredando el México nacido de la Conquista —los mestizos, hijos culturales tanto del mundo indígena como del español— pasaron siglos reproduciendo exactamente las mismas jerarquías y desprecios que dicen condenar del periodo colonial. Porque mientras el discurso nacionalista convirtió al “indígena” en símbolo patrio —en mural, en pirámide, en billete, en danza folklórica y en orgullo turístico—, el indígena vivo siguió siendo marginado, explotado y humillado por el propio México mestizo. Durante siglos se les arrebató tierra, lengua, representación y dignidad. Se les llamó “indios” como insulto. Se les obligó a castellanizarse para “civilizarse”. Se les condenó a las periferias económicas y sociales del país mientras la élite mestiza construía un relato romántico sobre el glorioso pasado prehispánico. El mexicano promedio aprendió a venerar a Cuauhtémoc en los libros de texto… mientras despreciaba al indígena que hablaba náhuatl en el mercado. Y ahí descansa otra verdad incómoda: buena parte del racismo estructural que sobrevive hoy en México ya no viene de España. Viene de nosotros mismos. De un país mestizo que heredó intacta la pirámide colonial —solo cambiando a los administradores del poder.

Y quizá por eso mismo tuvo una carga simbólica y política importante que ese mismo López Obrador —el que solicitó disculpas a la Corona española— colocara a los pueblos indígenas en el centro ritual de su toma de protesta presidencial en 2018. No porque resolviera mágicamente siglos de abandono —eso sería absurdo—, sino porque rompía, al menos desde el lenguaje político y simbólico del poder, con una tradición larguísima donde el indígena aparecía únicamente como decoración folklórica de la nación mexicana. La imagen de representantes indígenas entregándole el bastón de mando presidencial a un presidente de la República incomodó muchísimo a ciertos sectores precisamente porque alteraba la vieja narrativa del mestizaje homogéneo donde México se asumía moderno solo en la medida en que se alejaba de lo indígena.

Por primera vez en muchísimo tiempo, el poder político mexicano no intentaba “integrar” al indígena borrándolo culturalmente, sino reivindicarlo públicamente como sujeto político e histórico. Insuficiente, sí. Profundamente simbólico también. Porque después de quinientos años de conquista, colonia, república y modernidad, los pueblos indígenas siguen siendo los grandes sobrevivientes incómodos de la historia mexicana: los que estaban antes de Cortés, los que sobrevivieron a España y los que también sobrevivieron al México mestizo que prometió reivindicarlos mientras seguía mirándolos por encima del hombro.

Caput.

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