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Bob Dylan, Nobel de Literatura 2016.

Bob Dylan, Nobel de Literatura 2016.

En honor a Bob Dylan y su Nobel de Literatura, aquí unas breves reflexiones sobre su obra y legado. Válidas, pretenciosas, y probablemente injustas.

El cantautor intelectual.

Bob Dylan fue —y sigue siendo— esa voz que logró descifrar en una sola estrofa la nostalgia, el desencanto político, la soledad y el absurdo humano. Un tipo capaz de escribir “he not busy being born is busy dying” y convertir una línea de canción en tratado filosófico. Su obra no solo retrata al individuo, sino también a las multitudes, sus contradicciones y sus derrotas. Acaso ahí reside la tarea verdadera de cualquier poeta: explicar al ser humano mientras aparenta estar hablando de otra cosa. Ante eso, el Nobel realmente quedará exclusivamente para el anecdotario. Me parece.

Alguna vez Nicanor Parra dijo que Dylan merecía el Nobel solo por tres versos de “Tombstone Blues”. Yo podría dárselo únicamente por una línea de “Idiot Wind”:“We are idiots, babe / It’s a wonder we can even feed ourselves.”Aunque también podría haber sido por aquella de “Every step of the way, we walk the line / Your days are numbered, so are mine.”. Pocas personas entendieron tan bien el desgaste humano, la melancolía del tiempo y esa sensación permanente de estar perdiendo algo que nunca terminamos de comprender del todo.

Bob Dylan apareció en la escena musical norteamericana como aparecen casi todos los profetas incómodos: desalineado, nasal, medio raro y con pinta de vagabundo vendiendo cigarros sueltos afuera de una terminal de autobuses. Llegó desde Minnesota —ese lugar helado del norte de Estados Unidos donde las ideas se congelan— reinventándose a sí mismo como Dylan porque Robert Zimmerman sonaba demasiado a contador judío del Midwest y muy poco a leyenda folk revolucionaria. En el Nueva York de principios de los sesenta, mientras Estados Unidos todavía se explicaba a sí mismo entre el asesinato de Kennedy, la paranoia nuclear y la segregación racial, Dylan aterrizó en Greenwich Village con una guitarra, armónica y el extraño talento de escribir canciones que parecían editoriales filosóficos disfrazados de folk barato. Mientras medio planeta cantaba canciones de amor simplonas, él escribía cosas como “The times they are a-changin’” y la juventud americana, necesitada urgentemente de un mesías despeinado, decidió convertirlo en uno. Irónicamente, muy a su pesar suyo.

Porque esa fue siempre la ironía central de Dylan: jamás quiso ser el portavoz de nadie y terminó convertido en símbolo generacional. El hombre pasó media vida huyendo de las etiquetas que él mismo ayudó a crear. Lo llamaron revolucionario, poeta beat, profeta político, traidor eléctrico, voz de protesta, trovador de izquierda, gurú espiritual y hasta cristiano renacido. Y él respondió haciendo exactamente lo contrario de lo que esperaban de él. Cuando el movimiento folk lo coronó como héroe antisistema, agarró una guitarra eléctrica y provocó una de las mayores indignaciones culturales de la música popular. Imagínese usted el nivel de dramatismo intelectual de la época: adultos funcionales abucheando a un músico porque decidió usar amplificador. Ahí estaba Dylan, viendo cómo los guardianes de la pureza artística sufrían un colapso nervioso colectivo mientras él cantaba “Like a Rolling Stone” como si le importara algo. Cuando el problema era justo ese, a Dylan jamás le importó nada.

Lo verdaderamente absurdo de Dylan es que mientras medio mundo todavía discutía si cantaba horrible o parecía vagabundo ferroviario, los artistas más importantes de su época ya lo trataban como una especie de dios terrenal. Los Beatles quedaron obsesionados con él después de conocerlo; cuentan que Paul McCartney decía que Dylan “les dio la libertad de escribir cosas más ambiciosas”, y que John Lennon prácticamente absorbió su influencia durante la etapa más introspectiva de los Beatles. George Harrison desarrolló con él una admiración cercana a la devoción espiritual, mientras Jimi Hendrix convirtió “All Along the Watchtower” en un himno tan monumental que el propio Dylan terminó admitiendo que la canción ya pertenecía más a Hendrix que a él. Y quizá la frase que mejor resume lo que generaba Dylan entre los músicos de su tiempo la dijo el mismo McCartney: “He was our idol… it was a great honor to meet him.” A ver, piense usted tantito lo que significa eso: los -mismísimos- Beatles teniendo ídolos.

La literatura de Dylan como espejo.

La profundidad de sus letras radica justamente en eso: Dylan nunca escribe desde la certeza moral, sino desde la contradicción humana. Sus canciones están llenas de personajes derrotados, borrachos lúcidos, amantes miserables, predicadores falsos y verdades a medias. Hay Biblia, Rimbaud, Woody Guthrie, guerra fría, blues sureño, ironía judía y filosofía callejera mezcladas en el mismo verso como si un vagabundo brillantísimo hubiera decidido reescribir la literatura americana desde una cafetería llena de humo. Por eso envejeció mejor que casi todos sus contemporáneos. Porque mientras otros cantaban consignas generacionales, Dylan escribía sobre algo mucho más permanente: la confusión humana. “I was so much older then, I’m younger than that now”, decía en una de sus canciones más demoledoras. Y ahí está encapsulado todo Dylan: un tipo que entendió antes que muchos que crecer no necesariamente significa volverse más sabio. A veces solo significa volverse más cínico, más cansado y un poco más cool.

Y quizá ahí, en sus últimos años, terminó de construirse el verdadero mito de Bob Dylan. No en los discos clásicos, ni en Woodstock, ni en las eternas listas de “los mejores compositores de todos los tiempos”, sino en esa rara coherencia entre el personaje y la persona. Dylan ganó el Premio Príncipe de Asturias y no fue a recogerlo. Ahora que gana el Nobel de Literatura —el máximo reconocimiento posible para alguien que dedicó su vida a escribir palabras— tardó semanas en siquiera pronunciarse al respecto. El mundo cultural entero sufrió un pequeño ataque de ansiedad colectiva mientras él seguía haciendo lo mismo de siempre: tocar canciones, desaparecer, fumar probablemente, y dejar que los periodistas hablaran solos. Muchos lo interpretaron como desprecio. Pero Dylan nunca pareció despreciar nada; simplemente entendió antes que muchos que los premios son accesorios y que el verdadero reconocimiento ocurre mucho antes, en otro lado y sin ceremonias.

Porque mientras la cultura contemporánea convierte a los artistas en marcas personales desesperadas por validación —hambrientas de likes, trending topics y discursos de agradecimiento con lágrimas calculadas— Dylan decidió retirarle solemnidad al espectáculo entero. Y eso, en una época obsesionada con la exposición permanente, terminó siendo profundamente subversivo. El hombre que escribió “don’t follow leaders, watch the parking meters” entendía perfectamente que el arte pierde algo de su fuerza cuando comienza a necesitar demasiado los reflectores. Su legado quizá no sea únicamente musical o literario, sino filosófico: recordarnos que una obra verdaderamente grande no necesita explicarse todo el tiempo, ni militarse, ni promocionarse como detergente emocional para redes sociales. Hay algo elegantemente revolucionario en crear algunas de las canciones más importantes del siglo XX… y luego actuar como si tampoco fuera para tanto.

El concierto de Bob Dylan.

Vi a Bob Dylan en Guadalajara, por allá del 2012. Me costó $300 pesos el boleto. Trescientos miserables pesos para ver al tipo que escribió “Like a Rolling Stone”. Trescientos pesos para ver a uno de los pocos hombres que consiguió que media generación creyera —aunque fuera por un rato— que la poesía todavía podía cambiar algo. O por lo menos incomodarlo.

Fui con mi amigo el más melómano y culturalmente insufrible de todos. Ese espécimen humano que jamás se pierde un Festival 212, un Coordenada o cualquier reunión nostálgica donde hombres cuarentones y con sobrepeso reviven el rock nacional noventero como si todavía estuvieran en una borrachera universitaria en 1999. Él realmente nunca había escuchado a Dylan, aun así, terminó fascinado. Porque Dylan tiene eso: incluso cuando no entiendes del todo qué está pasando arriba del escenario, sientes que algo importante está ocurriendo.

El Auditorio Telmex estaba a menos de la mitad de su capacidad —para sorpresa de todos—. Después de tres canciones los organizadores comenzaron a invitarnos discretamente a ocupar las filas delanteras. Ahí estaba uno de los compositores más importantes del siglo XX tocando frente a una ciudad que probablemente estaba más preocupada por el tráfico de López Mateos o por alcanzar mesa en La Vaquita. No los culpo. Dylan jamás fue un artista cómodo. Su voz parecía —y sigue pareciendo— la combustión lenta de un motor viejo. No bailaba, no sonreía, no intentaba caerle bien a nadie. Ni siquiera saludaba antes de comenzar el concierto. Apenas murmuraba canciones como si estuviera cansado incluso de haberlas escrito. Pero, hay que entender, que eso es parte del poema.

Sí, Guadalajara: nadie fue a ver a Bob Dylan por $300 pesos. Y ahora medio mundo comparte frases de “Blowin’ in the Wind” como si hubieran crecido fumando mota en Woodstock y leyendo a Kerouac debajo de un árbol. La nostalgia cultural siempre funciona así: primero ignoramos a los artistas y luego los convertimos en estampitas intelectuales para Instagram.

Aquella noche, mientras medio auditorio permanecía vacío, Dylan hizo algo mucho más importante que dar un concierto: confirmó una sospecha que llevo años teniendo. El verdadero arte casi nunca ocurre frente a las multitudes correctas.

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