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Andrés Manuel López Obrador: el eterno redentor.

Hay personajes políticos que parecen surgir de la historia. Y hay otros que surgen de la fractura de la historia. Andrés Manuel López Obrador pertenece a la segunda categoría. No fue una anomalía del sistema mexicano: fue su consecuencia lógica.

Andrés Manuel López Obrador: el eterno redentor.

El resultado inevitable de décadas de desigualdad creciente, corrupción institucionalizada, tecnocracia sin legitimidad popular y una democracia que confundió alternancia con transformación. AMLO: El populista que llegó cuando los tecnócratas se quedaron sin pueblo.

Durante años, la clase política mexicana creyó haber descubierto la fórmula perfecta: elecciones libres, crecimiento mediocre, desigualdad obscena y una ciudadanía resignada. El arreglo parecía funcionar. Los mercados parecían tranquilos. Los organismos internacionales sonreían. Los analistas escribían columnas y mostraban gráficas celebrando indicadores económicos que nadie en la calle veía reflejados en su cuenta bancaria. Todo marchaba bien, excepto por un detalle menor: México —al igual que el resto del mundo— era una ficción cuidadosamente administrada.

Entonces apareció López Obrador. O, mejor dicho, se construyó. Porque AMLO no llegó de la nada. No emergió de un laboratorio ideológico ni de un seminario de Harvard. No fue fabricado por una consultora política ni por una fundación alemana. Venía de caminar pueblos que los tecnócratas sólo conocían por Google Maps. Venía de escuchar agravios que los economistas reducían a simples externalidades. Venía de una tradición política antigua, contradictoria y profundamente mexicana.

Sus detractores lo llamaron populista como si estuvieran pronunciando una enfermedad sistémica. Y quizá ahí comenzó el problema. Porque antes de decidir si el populismo es bueno o malo, habría que entender qué demonios significa. Y porque antes de juzgar a López Obrador, conviene preguntarse por qué millones de personas decidieron confiar en él después de treinta años de promesas modernizadoras que nunca llegaron a modernizar nada.

Resulta particularmente revelador que algunos de sus críticos más influyentes recurrieran a expresiones como “mesías tropical” para describirlo. El calificativo, popularizado por el historiador e intelectual mexicano Enrique Krauze, pretendía advertir sobre los riesgos del personalismo político, pero también contenía una carga cultural difícil de ignorar. La palabra “tropical” no era casual. No describía una ideología ni una propuesta de gobierno; describía un origen, una estética y, en cierto sentido, una pertenencia geográfica y social.

Era una forma elegante de sugerir que López Obrador no provenía de los circuitos tradicionales del poder ilustrado, de las universidades prestigiosas o de los salones donde las élites mexicanas acostumbraban discutir el destino nacional. En el fondo, el adjetivo parecía decir algo más profundo que “demagogo”: parecía decir “provinciano”. Y quizá ahí radicó parte de su fracaso como crítica política. Porque mientras ciertos sectores lo utilizaban para desacreditarlo intelectualmente, millones de mexicanos escuchaban algo muy distinto: que, por primera vez en mucho tiempo, alguien ajeno a los círculos "intelectuales" de poder estaba incomodando a quienes siempre habían monopolizado la autoridad para definir qué era sensato, moderno o aceptable en la vida pública del país.


López Obrador nació políticamente en el México del partido casi único. Ese México donde el PRI no era exactamente un partido, sino una atmósfera. Una especie de oxígeno institucional que se respiraba en cada oficina pública, sindicato, universidad y gobierno estatal. Como tantos políticos de su generación, AMLO comenzó dentro de ese sistema. Militó en el PRI desde los años setenta y ocupó diversos cargos en Tabasco antes de romper con el partido durante la gran fractura cardenista de 1988.

Este dato suele utilizarse como una acusación. Como si haber nacido políticamente dentro del régimen invalidara cualquier crítica posterior al mismo. Es una lógica curiosa. Nadie reprocha a Martín Lutero haber sido católico antes de la Reforma. Tampoco se desacredita a Charles de Gaulle por haber servido a la Tercera República antes de refundar el Estado francés, ni se acusa a Deng Xiaoping de incoherencia por haber sido un cuadro ortodoxo del comunismo antes de abrir la economía china al mercado. Incluso Winston Churchill cambió de partido en dos ocasiones a lo largo de su carrera. La historia está llena de hombres que rompieron con el sistema que los formó. Pero en México pareciera existir la expectativa de que los opositores debieron nacer opositores, como si la biografía fuera una revelación divina y no un proceso de aprendizaje.

La diferencia entre López Obrador y buena parte de la élite priista de su época es que él observó algo que muchos de sus contemporáneos no quisieron ver: que el régimen estaba dejando de cumplir su función histórica. El viejo nacionalismo revolucionario había degenerado en burocracia. El Estado desarrollista comenzaba a ser desmontado. Y el discurso social sobrevivía únicamente como decoración retórica. Mientras algunos celebraban la modernización, otros comenzaban a percibir la descomposición.

Su paso por Tabasco no fue anecdótico. Allí conoció el México profundo antes de que la expresión se pusiera de moda. El México petrolero que producía riqueza y recibía migajas. El México indígena que aparecía en los discursos oficiales únicamente durante las campañas. El México periférico que rara vez figuraba en las presentaciones de powerpoint de los organismos multilaterales. Ese contacto permanente con los márgenes explica mucho mejor a AMLO que cualquier etiqueta ideológica importada.

Por eso López Obrador nunca fue realmente un intelectual de izquierda en el sentido europeo del término. No es Gramsci. No es Habermas. No es Rawls. Y tampoco intentó serlo. Su pensamiento político siempre fue más intuitivo que teórico. Más moral que académico. Más cercano a Benito Juárez y Lázaro Cárdenas que a cualquier tratado contemporáneo de filosofía política. Para algunos eso constituye una limitación. Para otros, precisamente ahí reside su fuerza.

Los tecnócratas suelen desconfiar de los políticos que no hablan su idioma. Y AMLO jamás mostró demasiado interés por aprenderlo. Mientras los expertos discutían elasticidades, tasas marginales y mecanismos de gobernanza multinivel, él hablaba de corrupción, privilegios y justicia. El contraste desesperaba a sus críticos porque parecía simplificar problemas complejos. Lo que rara vez admitían es que muchas veces las sociedades movilizan su energía política alrededor de principios simples, no de ecuaciones sofisticadas.

Quizá por eso López Obrador resulta tan difícil de clasificar. Es un nacionalista que acepta la integración económica con Estados Unidos. Un hombre de izquierda que presume disciplina fiscal. Un político popular que respeta ciertos equilibrios macroeconómicos. Un reformista que habla como restaurador. Un populista que gobierna con más pragmatismo que dogmatismo. En una época obsesionada con las etiquetas, AMLO representa algo mucho más incómodo: una contradicción funcional.

Y tal vez ahí radique la clave de su éxito. No fue la creación de una ideología nueva. Fue la recuperación de una vieja intuición política: cuando las instituciones dejan de servir a las mayorías, tarde o temprano aparece alguien dispuesto a recordarlo. Ese alguien, para bien o para mal, terminó llamándose Andrés Manuel López Obrador.

Populismo: la palabra que nada define y todos usan de insulto.

Si uno escucha suficiente tiempo a comentaristas políticos, analistas de televisión y editorialistas de periódico, termina llegando a una conclusión curiosa: el populismo parece ser cualquier cosa que disguste a quien está hablando. Si baja impuestos, es populismo. Si los sube, también. Si aumenta el gasto social, populismo. Si critica a las élites, populismo. Si gana elecciones con amplio respaldo popular, populismo. La palabra ha sido utilizada tantas veces y para tantas cosas distintas que ya sirve más como insulto automático que como categoría académica.

Sin embargo, en el ámbito estrictamente académico la definición es bastante más precisa. El politólogo holandés Cas Mudde, probablemente uno de los autores más citados sobre el tema, define el populismo como una ideología delgada que divide a la sociedad entre “el pueblo puro” y “la élite corrupta”, sosteniendo que la política debe expresar la voluntad general del pueblo. Lo interesante es que esta definición no dice absolutamente nada sobre si el populismo es de izquierda o de derecha. Tampoco establece que sea inherentemente antidemocrático. Mucho menos que constituya una patología política. Simplemente describe una forma de construir el conflicto político.

De hecho, la historia reciente está repleta de populismos ideológicamente incompatibles entre sí. En América Latina encontramos experiencias de izquierda como las de Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa. Pero también encontramos expresiones conservadoras y nacionalistas en la Europa de Viktor Orbán, Boris Johnson o Le Pen, y en Estados Unidos con Trump. El fenómeno no pertenece a una ideología específica. Es más bien una forma de narrar la política. Una gramática. Un lenguaje. Una manera de decirle a una sociedad: “hay unos pocos que concentran privilegios y muchos que pagan la factura”.

Ernesto Laclau, quizá el teórico más influyente en esta materia, llevó la discusión todavía más lejos. Para él, el populismo no era una deformación de la democracia sino una de sus manifestaciones posibles. Sostenía que cuando las instituciones dejan de canalizar adecuadamente las demandas sociales, distintos reclamos dispersos comienzan a unificarse bajo una identidad común llamada “pueblo”. En otras palabras, el populismo surge cuando los mecanismos ordinarios de representación dejan de funcionar. No es la enfermedad. Es el síntoma.

Y aquí aparece una pregunta incómoda para las élites occidentales: si el populismo es tan peligroso como afirman, ¿por qué emerge simultáneamente en países tan distintos como Estados Unidos, Reino Unido, Italia, Francia o México? Tal vez porque durante décadas el establishment político prometió prosperidad compartida mientras la riqueza se concentraba cada vez más arriba, generando una creciente sensación de desconexión entre gobernantes y gobernados. Desde esa perspectiva, no resulta extraño que millones de personas encuentren atractivo un discurso que confronta a las élites y reivindica las preocupaciones de la mayoría. Después de todo, la política no es únicamente administración eficiente de recursos; también es identidad, simbolismo y representación. Por ello, aunque López Obrador encaja razonablemente en la definición académica de populismo por su apelación constante al pueblo y su crítica a las élites, resulta discutible que tales características constituyan por sí mismas una amenaza a la democracia; para muchos ciudadanos, representan más bien una forma de recuperar voz e influencia en un sistema que perciben cada vez más distante.

Quizá uno de los aspectos más incomprendidos del populismo sea precisamente ese: su potencial democratizador. Desde buena parte de la academia dogmática se le acusa de simplificar problemas complejos, polarizar el debate público y apelar a las emociones por encima de la razón. Sin embargo, esa crítica suele partir de una concepción de la democracia excesivamente elitista, donde la participación política ideal consiste en delegar las decisiones a expertos, tecnócratas y especialistas. El populismo, por el contrario, obliga a que las preocupaciones de las mayorías entren en el centro de la conversación pública. Problemas que durante años permanecieron confinados a estadísticas, informes o seminarios especializados —la desigualdad, la corrupción, el abandono regional o la captura de las instituciones por grupos privilegiados— adquieren visibilidad política precisamente porque un líder populista los convierte en banderas de movilización colectiva.

En ese sentido, el populismo puede entenderse no como una negación de la democracia, sino como una corrección de sus tendencias oligárquicas. Las democracias tecnocráticas suelen presumir moderación, racionalidad y sofisticación institucional, pero con frecuencia generan ciudadanos pasivos, alejados de la política y convencidos de que las decisiones importantes pertenecen a una minoría ilustrada. El populismo rompe esa dinámica al devolver a amplios sectores de la población la sensación de que su voz importa y de que la política puede ser una herramienta para transformar la realidad —para bien o para mal—. Que esa movilización se exprese mediante narrativas sencillas o dicotomías morales puede incomodar a los intelectuales más refinados, pero la historia demuestra que las grandes expresiones de participación democrática rara vez surgieron de presentaciones en powerpoint; surgieron de movimientos capaces de despertar pasiones, identidades compartidas y demandas populares que las élites preferían ignorar.

Después de todo, el populismo no inventa los agravios sociales; simplemente los vuelve "populares" y los convierte en sujetos de discusión política. Y en democracia, lograr que los olvidados entren en la conversación pública no es precisamente un detalle menor.

Conviene recordar, además, que la democracia no es un fin en sí mismo, sino un medio. No garantiza gobiernos buenos ni malos, sabios ni incompetentes; únicamente establece un mecanismo para acceder y ejercer el poder con legitimidad popular. Sin embargo, no son pocos los intelectuales dogmáticos que parecen confundir el procedimiento con el resultado, como si la existencia de elecciones, instituciones y contrapesos fuera por sí sola evidencia de buen gobierno. La historia demuestra lo contrario: han existido democracias ineficaces y autoritarismos eficaces, del mismo modo que ha habido democracias exitosas y dictaduras desastrosas. La democracia asegura la posibilidad de elegir; no la calidad de lo elegido.

Quizá por eso los mismos tecnócratas e intelectuales dogmáticos terminan mostrando una incomodidad evidente con los resultados cuando estos no coinciden con sus preferencias, marcos teóricos inamovibles, ni con sus definiciones refinadas de lo que debe ser la política correcta. La política elegante. En el fondo, parecieran no defender una democracia plena, sino una suerte de aristocracia ilustrada: un sistema donde el pueblo puede participar, siempre y cuando elija correctamente —lo que sea que eso signifique—.

La “Mafia del Poder”: cuando la metáfora describe la realidad.

Pocas expresiones provocan tanta irritación en las élites mexicanas como la famosa “mafia del poder”. Durante años fue objeto de burlas, caricaturas y descalificaciones. Se presentaba como una obsesión conspirativa de López Obrador, una especie de explicación simplista para todos los males nacionales. Los articulistas más refinados reaccionaban como si AMLO hubiera cometido un crimen intelectual: reducir a una frase de sobremesa lo que ellos preferían explicar en un seminario de tres horas.

Sin embargo, el problema con ciertas metáforas es que sobreviven precisamente porque conectan con experiencias reales. Cuando AMLO habla de la mafia del poder, no está describiendo una organización secreta reunida en una cueva iluminada por velas negras. Estaba señalando algo mucho más banal y mucho más poderoso: la existencia de redes permanentes de influencia económica, política y mediática que operan independientemente de los resultados electorales.

En realidad, todos los países tienen un concepto parecido. En Estados Unidos se habla del establishment o, en versiones más polémicas, del deep state. En Francia se habla de las grandes escuelas que producen las élites administrativas. En Reino Unido existe el viejo entramado entre la City financiera, la burocracia estatal y ciertas universidades de prestigio. En América Latina se utilizan expresiones como oligarquía, grupos de poder o élites extractivas. La plutocracia. El fenómeno cambia de nombre según la geografía, pero la estructura resulta sorprendentemente familiar.

El sociólogo estadounidense C. Wright Mills ya describía algo semejante en los años cincuenta con su concepto de “élite del poder”. Según Mills, las decisiones fundamentales de una sociedad moderna tienden a concentrarse en círculos relativamente reducidos compuestos por dirigentes políticos, grandes empresarios y altos mandos institucionales. No se trata necesariamente de conspiraciones. Ni siquiera requieren coordinación permanente. Basta con compartir intereses, formación, espacios sociales y visiones del mundo.

México ofrecía ejemplos abundantes. Durante décadas, los mismos grupos empresariales participaron en privatizaciones, concesiones, rescates financieros y grandes contratos públicos. Los nombres cambiaban ligeramente, pero las puertas giratorias permanecían intactas. Funcionarios que terminaban trabajando para empresas reguladas. Empresarios que influían directamente en políticas públicas. Medios de comunicación dependientes de enormes contratos gubernamentales. Todo perfectamente legal. Y precisamente por eso, tan eficaz.

La transición democrática de los años noventa prometía modificar parte de esa dinámica. Sin embargo, ocurrió algo interesante. Cambiaron los partidos en el gobierno, pero numerosos centros reales de poder permanecieron prácticamente intactos. El ciudadano promedio observaba alternancia electoral mientras percibía continuidad económica. Las siglas cambiaban. Los beneficiarios parecían mantenerse. Esa sensación alimentó buena parte del discurso obradorista.

Naturalmente, la expresión “mafia del poder” exagera una realidad, sí. Las consignas políticas suelen hacerlo. Nadie gana elecciones hablando de complejas interacciones institucionales entre actores económicos y burocráticos. Pero la exageración cumple una función narrativa. Convierte un fenómeno abstracto en algo comprensible para millones de personas. Traduce relaciones estructurales de poder al lenguaje cotidiano. Y, para desesperación de sus críticos, funciona extraordinariamente bien.

Lo más irónico es que los acontecimientos posteriores terminaron validando parte de aquella intuición. Los escándalos de corrupción, las revelaciones sobre conflictos de interés, los casos de captura regulatoria y la influencia persistente de grandes grupos económicos demostraron que el problema no era imaginario. Quizá la mafia del poder nunca existió exactamente como la describía López Obrador. Pero algo parecido sí existía. Y sigue existiendo.

Porque la concentración del poder no es una anomalía mexicana. Es una tendencia recurrente de todas las sociedades modernas. El capital busca influencia. La influencia busca proteger privilegios. Los privilegios buscan perpetuarse. Lo novedoso del obradorismo no fue descubrir ese mecanismo. Lo novedoso fue convertirlo en el centro de una narrativa política ganadora.

Al final, la verdadera discusión nunca fue si existía o no una mafia del poder. La discusión era quién tenía derecho a nombrarla. Durante décadas, ciertos sectores podían hablar tranquilamente de sindicatos corporativos, clientelismo popular o cacicazgos regionales. Pero cuando alguien comenzó a señalar a las élites económicas con la misma intensidad, la conversación se volvió incómoda. Demasiado incómoda.

Y quizá por eso la expresión sobrevivió. Porque más allá de su carga propagandística, capturó una percepción profundamente arraigada en la sociedad mexicana: la sensación de que existen actores capaces de influir en el destino del país sin necesidad de someterse jamás al veredicto de las urnas. Esa percepción, correcta o exagerada, fue una de las principales fuentes de energía política del movimiento encabezado por López Obrador.

Neoliberalismo y tecnócratas: cuando el mercado prometió prosperidad y entregó desigualdad.

Toda época necesita una religión. Algunas adoraron dioses. Otras adoraron emperadores. El siglo XX, particularmente en sus últimas décadas, decidió adorar economistas. No cualquier economista, por supuesto. No aquellos preocupados por la distribución de la riqueza, el empleo o la cohesión social. Esos resultaban incómodos. Los elegidos fueron los sacerdotes de la eficiencia, los guardianes del equilibrio macroeconómico, los intérpretes autorizados de los mercados financieros. En México los llamamos tecnócratas. En Washington los llaman libertarios. En Wall Street los llaman neo-monetaristas.

La historia comienza con una crisis real. Conviene reconocerlo. A principios de los años ochenta el viejo modelo desarrollista mexicano mostraba signos evidentes de agotamiento. La deuda externa explotó. La inflación se disparó. El gasto público se volvió insostenible. El Estado acumulaba empresas improductivas y burocracias gigantescas. Había problemas genuinos que exigían respuestas genuinas. Lo que ocurrió después, sin embargo, fue mucho más que una corrección económica. Fue una transformación ideológica profunda.

Con la llegada de Miguel de la Madrid comenzó la transición hacia un nuevo paradigma. Más tarde Carlos Salinas aceleraría el proceso. La lógica era sencilla y seductora. El Estado debía retirarse. Los mercados debían expandirse. La apertura comercial debía generar competencia. La inversión privada produciría crecimiento. Y el crecimiento, eventualmente, derramaría beneficios sobre toda la sociedad. La teoría sonaba elegante. Como suelen sonar las teorías antes de encontrarse con la realidad.

México no estaba solo. Lo mismo ocurría en buena parte del mundo occidental. Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido encabezaban una revolución intelectual que terminaría dominando el planeta durante décadas. El llamado Consenso de Washington se convirtió en una especie de catecismo económico global. Privatizar. Desregular. Abrir mercados. Reducir el papel del Estado. Repetir hasta alcanzar la iluminación.

Los resultados iniciales parecían alentadores. La inflación disminuyó. Se estabilizaron variables macroeconómicas. Llegaron inversiones. Los organismos internacionales celebraban. Los mercados aplaudían. Los periódicos financieros repartían elogios con generosidad. México ingresaba finalmente al club de las economías modernas. O al menos eso parecía desde los pisos superiores de los edificios corporativos.

Pero algo extraño comenzó a suceder. El crecimiento nunca fue tan espectacular como prometían. Los salarios reales avanzaban lentamente. La desigualdad persistía. La movilidad social seguía siendo limitada. Millones de personas observaban cómo las estadísticas mejoraban mientras sus condiciones materiales cambiaban poco. La macroeconomía lucía saludable. ¿Porqué la microeconomía individual seguía siendo la misma?

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte representó la culminación de esa visión. Se suponía que la integración económica con Estados Unidos y Canadá impulsaría una convergencia progresiva de prosperidad. En parte ocurrió. México desarrolló sectores exportadores competitivos y fortaleció ciertas industrias. Pero también consolidó una estructura económica profundamente dependiente de cadenas globales de valor controladas desde el exterior. La economía crecía. El valor agregado nacional no siempre crecía al mismo ritmo.

Mientras tanto, en Estados Unidos comenzaban a aparecer grietas similares. El problema para los defensores del consenso neoliberal es que sus propias contradicciones terminaron manifestándose en el país que lo impulsó. Durante décadas se prometió que la apertura comercial y la globalización generarían prosperidad compartida; sin embargo, millones de trabajadores estadounidenses vieron desaparecer industrias enteras, trasladadas hacia regiones en Asia con costos laborales más bajos. Paradójicamente, la nación que promovió el libre comercio comenzó a cuestionarlo cuando sus propios ciudadanos percibieron sus costos. Setenta años después de haber erigido el libre comercio como principio rector del orden económico internacional, Estados Unidos recurre nuevamente a aranceles y barreras comerciales para proteger su industria nacional. Vaya cosa.

La ironía histórica es extraordinaria. Los mismos economistas que prometían que la globalización produciría prosperidad universal terminaron observando cómo vastas regiones industriales de Estados Unidos y Europa entraban en declive. Ciudades enteras perdieron empleos manufactureros. Comunidades completas quedaron atrapadas en el estancamiento económico. Décadas después, buena parte de la energía política que impulsó fenómenos como Trump, Brexit o los movimientos nacionalistas europeos surgiría precisamente de esos territorios abandonados.

Eso explica parte del éxito de López Obrador. No porque presentara una teoría económica revolucionaria. No la presentó. Ni porque construyera un modelo alternativo perfectamente articulado. Tampoco. Su principal virtud política consistió en identificar algo que los tecnócratas habían dejado de ver: una sociedad no vive únicamente de estabilidad macroeconómica. Necesita también sentido de justicia.

Por supuesto, los defensores del neoliberalismo suelen responder señalando correctamente que muchas de sus reformas evitaron desastres mayores. Tienen razón. Sería absurdo negar los beneficios de ciertas aperturas económicas o de la disciplina fiscal. El problema es que la discusión nunca debió plantearse entre mercado o Estado. La verdadera pregunta era cuánto mercado, cuánto Estado y al servicio de quién.

Las sociedades más exitosas del planeta jamás resolvieron ese dilema eliminando completamente una de las partes. Los países que mejor funcionan combinan mercados dinámicos con instituciones públicas robustas. Competencia económica con protección social. Innovación con redistribución. Exactamente lo contrario del dogmatismo que dominó gran parte de las últimas décadas.

Y ahí radica la gran paradoja del obradorismo. Su ascenso no demuestra el fracaso absoluto del neoliberalismo. Demuestra algo más interesante: el fracaso de la pretensión neoliberal de convertirse en pensamiento único. Durante treinta años se repitió que no existían alternativas. Hasta que millones de personas votaron por una.

Socialdemocracia: la utopía que existe y el escándalo de repartir mejor.

Existe una curiosa costumbre intelectual en ciertos círculos latinoamericanos: cada vez que alguien propone fortalecer el Estado, reducir desigualdades o expandir derechos sociales, aparece inevitablemente un economista con aspecto de gerente bancario para explicar que tales ideas son románticas, inviables o peligrosamente cercanas al apocalipsis. Lo fascinante es que, mientras pronuncia semejante diagnóstico, suele ignorar que varios de los países más exitosos del planeta llevan décadas haciendo exactamente eso.

La socialdemocracia constituye uno de los grandes triunfos prácticos de la historia política moderna. No porque haya construido sociedades perfectas. No existen. No porque haya eliminado el conflicto social. Tampoco. Su mérito consiste en algo mucho más modesto y mucho más extraordinario: demostrar que es posible combinar crecimiento económico, competitividad empresarial, estabilidad institucional y niveles relativamente bajos de desigualdad. Una idea tan escandalosa para ciertos dogmáticos que todavía hoy les cuesta aceptarla.

Durante décadas, países como Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia construyeron sistemas donde el mercado genera riqueza, pero el Estado participa activamente en su redistribución. No abolieron el capitalismo. Lo disciplinaron. No eliminaron la iniciativa privada. La complementaron. No destruyeron la competencia. Impidieron que sus beneficios quedaran concentrados en unos cuantos. En otras palabras, hicieron exactamente lo que los ideólogos extremos de ambos lados consideran imposible.

Las cifras resultan incómodas para quienes sostienen que la igualdad y la prosperidad son objetivos incompatibles. Los países nórdicos suelen ubicarse sistemáticamente entre los más competitivos del mundo, entre los más innovadores, entre los más transparentes y entre los que presentan mejores indicadores de bienestar social. No lideran a pesar de sus sistemas de protección social. En buena medida lideran gracias a ellos.

Por supuesto, los críticos responden inmediatamente que esos países son pequeños, homogéneos y culturalmente distintos. Y tienen parte de razón. México no es Suecia. Nunca lo será. Tampoco Noruega ni Dinamarca. Pero esa observación suele utilizarse como una excusa para no aprender absolutamente nada. Como si las diferencias culturales invalidaran cualquier lección institucional. Como si la geografía condenara eternamente a ciertas sociedades a elegir entre pobreza y desigualdad.

Lo verdaderamente interesante del modelo socialdemócrata no son sus programas específicos. Es su filosofía subyacente. Parte de una premisa sencilla: la libertad real exige ciertas condiciones materiales mínimas. Resulta difícil ejercer plenamente derechos políticos cuando se carece de acceso adecuado a educación, salud, vivienda o seguridad económica. El ciudadano formalmente libre pero económicamente atrapado disfruta de una libertad bastante teórica.

Aquí emerge una de las grandes contradicciones del discurso neoliberal. Durante años se nos explicó que el mercado era el mecanismo más eficiente para asignar recursos. Y probablemente lo sea en muchos ámbitos. El problema aparece cuando se intenta extender esa lógica a todas las dimensiones de la vida humana. Porque una sociedad no es únicamente un mercado. Una nación no es una empresa. Un ciudadano no es una unidad de consumo.

La socialdemocracia comprendió algo fundamental: los mercados son herramientas extraordinariamente poderosas para generar riqueza, pero extraordinariamente deficientes para distribuirla de manera equitativa. No porque exista una conspiración maligna. Simplemente porque esa no es su función. El mercado premia eficiencia, innovación y acumulación. La justicia distributiva requiere instituciones políticas capaces de corregir ciertos resultados.

Y aquí aparece un punto especialmente relevante para entender el fenómeno López Obrador. Muchos de sus programas sociales fueron presentados por sus adversarios como desviaciones irresponsables de la ortodoxia económica. Sin embargo, observados desde una perspectiva comparada, varios de ellos encajan perfectamente dentro de tradiciones ampliamente aceptadas en democracias desarrolladas. Pensiones universales, becas educativas, apoyos directos y reducción de pobreza no son extravagancias revolucionarias. Son instrumentos habituales de política pública en numerosos países exitosos.

Naturalmente, existen diferencias importantes. La socialdemocracia europea se construyó sobre instituciones extremadamente sólidas, altos niveles de recaudación fiscal y burocracias profesionales. México enfrenta desafíos mucho más complejos. Corrupción persistente, informalidad laboral, baja capacidad recaudatoria y profundas desigualdades regionales limitan considerablemente cualquier proyecto redistributivo. Pretender ignorar estas diferencias sería ingenuo.

Sin embargo, también sería ingenuo ignorar la dirección general de la evidencia histórica. Las sociedades con mejores niveles de bienestar no son aquellas donde el Estado desapareció. Tampoco aquellas donde absorbió toda actividad económica. Son aquellas que encontraron mecanismos relativamente eficaces para equilibrar mercado y cohesión social. Prosperidad y solidaridad. Libertad económica y protección colectiva.

Por eso la discusión sobre López Obrador trasciende a López Obrador. Lo que realmente está en juego es una pregunta mucho más antigua: ¿debe la política limitarse a administrar las consecuencias del mercado o tiene derecho a corregirlas? Durante décadas la respuesta pareció evidente para las élites globales. Hoy ya no tanto.

Y quizá ese sea el cambio más importante de nuestra época. No el regreso de la izquierda. No el declive del neoliberalismo. Sino la reaparición de una idea que parecía olvidada: que la economía existe para servir a la sociedad, y no la sociedad para servir a la economía. En palabras simples: por el bien de México —y de cualquier país— primero los pobres.

Corrupción y voluntad política: la diferencia entre gobernar y administrar la simulación.

La corrupción mexicana posee una característica fascinante: durante décadas fue denunciada por todos, reconocida por todos, estudiada por todos y tolerada por casi todos. Era una especie de fenómeno meteorológico nacional. Como los huracanes o los terremotos. Algo inevitable. Algo que simplemente ocurría. Los gobiernos prometían combatirla cada seis años con la misma convicción con la que un gordito promete empezar la dieta el próximo lunes. El resultado era igualmente predecible.

Se crearon fiscalías. Se fundaron institutos. Se redactaron leyes. Se organizaron observatorios ciudadanos. Se celebraron foros internacionales. Se contrataron consultores. Se imprimieron manuales. Se multiplicaron los mecanismos institucionales para combatir la corrupción. Y, sin embargo, la corrupción seguía allí. Más resistente que las cucarachas y más adaptable que los políticos que prometían eliminarla.

Lo anterior obliga a formular una pregunta incómoda. Si durante décadas existieron diagnósticos precisos sobre el problema, ¿por qué los resultados fueron tan limitados? La respuesta más sencilla es también la más desagradable: porque una parte importante del sistema no estaba diseñada para resolver el problema. Estaba diseñada para administrarlo. Para regularlo. Para contenerlo dentro de ciertos márgenes aceptables. En otras palabras, para simular.

La simulación política fue probablemente una de las instituciones más exitosas del México contemporáneo. No aparecía en la Constitución. No figuraba en ningún reglamento. Pero operaba con una eficiencia admirable. Consistía en construir la apariencia de cambio sin alterar demasiado las estructuras de poder existentes. Reformar sin transformar. Modernizar sin modificar. Renovar sin tocar intereses fundamentales.

Durante años, el sistema político mexicano perfeccionó ese arte. Cada escándalo generaba nuevas normas. Cada crisis producía nuevos organismos. Cada indignación pública desembocaba en una reforma institucional cuidadosamente diseñada para demostrar acción sin necesariamente alterar las causas profundas del problema. El país parecía moverse constantemente. Y, sin embargo, avanzaba sorprendentemente poco.

Por eso la voluntad política merece una atención especial. En ciertos círculos académicos la expresión suele generar incomodidad porque parece demasiado simple. Demasiado subjetiva. Demasiado difícil de cuantificar. Los expertos prefieren hablar de capacidades institucionales, gobernanza, diseño organizacional o incentivos regulatorios. Todos conceptos útiles. Ninguno suficiente.

La realidad histórica demuestra que prácticamente toda transformación importante comenzó con voluntad política antes que con sofisticación técnica. La abolición de la esclavitud no nació de un análisis costo-beneficio. La expansión del sufragio universal tampoco. Los sistemas modernos de seguridad social no surgieron porque una hoja de cálculo lo recomendara. Surgieron porque determinados liderazgos decidieron que ciertas condiciones eran moral y políticamente inaceptables.

La técnica importa. Importa muchísimo. Pero la técnica responde una pregunta distinta. Explica cómo hacer algo. No explica por qué hacerlo. No determina prioridades. No define objetivos colectivos. No establece valores. Es una herramienta extraordinaria para ejecutar decisiones políticas. Es mucho menos eficaz para reemplazarlas.

Aquí aparece una de las diferencias fundamentales entre López Obrador y buena parte de la tradición tecnocrática mexicana. Los tecnócratas suelen partir de los procedimientos. AMLO parte de los objetivos. Los primeros preguntan cómo implementar una política. El segundo pregunta primero para qué existe esa política. Los primeros privilegian eficiencia. El segundo privilegia legitimidad. Ninguna aproximación es suficiente por sí sola. Pero durante demasiado tiempo México estuvo dominado casi exclusivamente por una de ellas.

Esto no significa que la corrupción haya desaparecido o desaparezca durante el obradorismo. Sería absurdo afirmarlo. Los seres humanos no abandonan siglos de prácticas clientelares porque un presidente lo ordene desde una conferencia matutina. La corrupción sigue existiendo. Existen errores. Existen contradicciones. Existen casos cuestionables. Como ocurre en cualquier gobierno.

La diferencia relevante radica en otra parte. Por primera vez en mucho tiempo, una porción considerable de la población percibió que combatir ciertos privilegios dejó de ser únicamente un discurso ceremonial. La austeridad republicana, la reducción de algunos excesos burocráticos, la confrontación permanente con determinados grupos de interés y la insistencia obsesiva en el tema de la corrupción transmitieron una señal política poderosa: el centro de gravedad del discurso gubernamental había cambiado.

Muchos críticos objetarán, correctamente, que el discurso por sí solo no basta. Tienen razón. Ninguna transformación se sostiene únicamente con narrativa. Pero también es cierto lo contrario. Ninguna transformación ocurre sin narrativa. Ningún cambio institucional profundo comienza cuando una sociedad cree que nada puede cambiar. La política, antes de convertirse en presupuesto o reglamento, debe convertirse en posibilidad.

Y ahí reside quizá el principal aporte histórico del obradorismo. No necesariamente en las políticas específicas que impulsó. Algunas funcionarán mejor que otras. Algunas serán corregidas. Algunas desaparecerán. Eso es normal. Su contribución más significativa puede haber sido romper el consenso resignado que dominó buena parte de la vida pública mexicana durante décadas.

La resignación es una fuerza política extraordinariamente poderosa. Convence a los ciudadanos de que toda corrupción es inevitable. De que todo privilegio es permanente. De que toda desigualdad constituye una ley natural. De que toda alternativa es imposible. Una sociedad resignada puede soportar prácticamente cualquier cosa. Una sociedad que recupera expectativas comienza a exigir resultados.

Naturalmente, aquí aparece el gran riesgo. La voluntad política es condición necesaria para transformar un país. Pero nunca es condición suficiente. La historia está llena de líderes bien intencionados que chocaron contra límites económicos, institucionales y geopolíticos imposibles de ignorar. La voluntad puede iniciar un camino. No garantiza llegar al destino.

Sin embargo, también es cierto que ningún destino se alcanza sin haber comenzado a caminar. Y durante demasiado tiempo la política mexicana pareció más preocupada por administrar inercias que por desafiar estructuras. Si López Obrador deja alguna herencia duradera, podría ser precisamente esa: haber recordado que la política no existe únicamente para gestionar lo posible, sino también para ampliar los límites de lo posible.

Porque al final, las sociedades no avanzan únicamente gracias a los expertos que calculan riesgos. También avanzan gracias a quienes están dispuestos a asumirlos. Y eso, para bien o para mal, siempre ha sido una cuestión de voluntad.

Las utopías, la historia y el problema de transformar un país.

Llegados a este punto conviene formular la pregunta más difícil de todas. No si Andrés Manuel López Obrador será un buen presidente. Tampoco si será uno terrible que nos lleve a Venezuela. Mucho menos si sus simpatizantes tienen razón en todo o si sus detractores se equivocan en todo. La verdadera pregunta es otra: ¿puede un liderazgo político, por más popular que sea, transformar de manera profunda una sociedad atrapada entre la globalización, la desigualdad y las inercias históricas?

La respuesta corta es no. La respuesta larga es mucho más interesante. Ningún gobernante cambia un país por sí solo. Ni Franklin Roosevelt construyó la clase media estadounidense únicamente mediante decretos. Ni Charles de Gaulle reconstruyó Francia únicamente mediante discursos. Ni Lee Kuan Yew transformó Singapur únicamente con voluntad personal. Los grandes cambios históricos siempre son el resultado de una combinación compleja de liderazgo, circunstancias, instituciones, oportunidades económicas y transformaciones culturales. Pensar lo contrario equivale a creer que la historia es una biografía.

Y sin embargo, tampoco es cierto que los individuos sean irrelevantes. La historia no la hacen exclusivamente las estructuras. También la hacen las personas capaces de interpretar un momento específico y canalizar fuerzas sociales dispersas. Hay épocas que producen líderes. Y hay líderes que terminan definiendo épocas. López Obrador pertenece probablemente a esa categoría. No porque haya inventado las condiciones que lo llevaron al poder, sino porque logró convertirlas en un proyecto político reconocible.

Durante años se dijo que México necesitaba reformas. Luego se dijo que necesitaba instituciones. Después se dijo que necesitaba crecimiento. Más tarde que necesitaba competitividad. Todo eso era cierto. Lo que pocas veces se admitía era que también necesitaba algo mucho más elemental: recuperar la confianza en la política como herramienta de cambio colectivo. No como espectáculo. No como administración burocrática. No como simulación permanente. Como instrumento real de transformación.

Ahí radica, quizá, el principal significado histórico del obradorismo. Independientemente de sus resultados —que aún están por verse— devolvió a la política una centralidad que parecía perdida. Volvió a colocar en el centro del debate cuestiones que durante años fueron consideradas incómodas o anticuadas: desigualdad, redistribución, soberanía económica, corrupción, privilegios y justicia social.

Ahora bien, la realidad posee una desagradable costumbre: ignorar nuestras narrativas favoritas. El mundo contemporáneo presenta límites formidables para cualquier proyecto nacional. Los mercados financieros operan globalmente. Las cadenas de suministro atraviesan continentes. Las decisiones tecnológicas se toman en corporaciones transnacionales cuyo presupuesto supera al de numerosos Estados. La inteligencia artificial, la automatización y la concentración del capital están transformando economías enteras a velocidades inéditas.

En ese contexto, la pregunta adquiere otra dimensión. ¿Puede México construir un modelo más justo sin perder competitividad? ¿Puede redistribuir riqueza sin desalentar inversión? ¿Puede fortalecer al Estado sin reproducir viejas formas de burocratización? ¿Puede combatir privilegios sin generar nuevas élites privilegiadas? Son interrogantes que ningún presidente ha resuelto completamente. Tampoco López Obrador.

Y aquí aparece el tema de las utopías. La palabra suele utilizarse como insulto. Se acusa de utópico a cualquiera que imagine una sociedad mejor. El problema es que toda transformación importante comenzó precisamente como una utopía. Hubo un tiempo en que la democracia era una utopía. También la educación universal. También la jornada laboral de ocho horas. También el voto femenino. También las pensiones públicas. La historia humana avanza gracias a personas suficientemente realistas para comprender el mundo y suficientemente utópicas para no aceptarlo tal como es.

Oscar Wilde escribió una frase extraordinaria: “Un mapa del mundo que no incluya la Utopía no merece siquiera una mirada.” La observación conserva toda su vigencia. Las sociedades necesitan horizontes. Necesitan aspiraciones. Necesitan metas que quizá nunca alcancen completamente. No porque las utopías sean realizables en sentido estricto, sino porque orientan el movimiento.

El riesgo aparece cuando las utopías se convierten en dogmas. Cuando dejan de funcionar como brújulas y pretenden transformarse en destinos inevitables. Ahí comienzan los problemas. El siglo XX ofrece suficientes ejemplos. Tanto la fe ciega en los mercados como la fe ciega en el Estado produjeron desastres cuando se transformaron en verdades absolutas. La realidad suele castigar severamente a quienes creen haber encontrado respuestas definitivas.

Quizá por eso López Obrador resulta tan difícil de clasificar. No encaja cómodamente en las categorías tradicionales. No es un revolucionario clásico. No es un socialdemócrata ortodoxo. No es un nacionalista económico puro. No es un tecnócrata. No es un liberal convencional. Es, en muchos sentidos, una figura profundamente mexicana: pragmática, contradictoria, moralista, popular y obsesionada con la idea de justicia. Sus críticos ven en ello improvisación. Sus seguidores ven autenticidad. Probablemente ambas cosas contengan algo de verdad.

Quizá dentro de algunas décadas López Obrador sea recordado como el hombre que inició una transformación profunda. Quizá sea recordado como quien intentó una transformación imposible. Quizá ambas cosas al mismo tiempo. Porque la historia rara vez concede victorias absolutas.

Lo que sí parece claro es que el viejo consenso murió. La idea de que la política debía limitarse a administrar la globalización, aceptar la desigualdad como un fenómeno inevitable y confiar ciegamente en soluciones tecnocráticas perdió buena parte de su autoridad moral. López Obrador no creó esa crisis. Fue uno de sus principales beneficiarios.


Y quizá ahí radique la última paradoja de López Obrador. Después de décadas denunciando caudillos, mesías tropicales, salvadores de la patria y hombres providenciales, México terminó depositando nuevamente buena parte de sus esperanzas en una sola figura. Porque AMLO no sólo es un presidente; para millones se convirtió en algo más complejo y más antiguo: el eterno redentor.

Esa figura que aparece periódicamente en la historia nacional cuando el sistema pierde legitimidad, cuando las instituciones dejan de inspirar confianza y cuando la distancia entre las élites y el pueblo se vuelve insoportable. Lo fue Juárez para algunos, Cárdenas para otros, y ahora López Obrador para una nueva generación.

La pregunta, sin embargo, nunca es si el redentor llegará. En México siempre llega uno. La pregunta es si alguna vez construiremos instituciones y estructuras económicas capaces de volverlo innecesario. Porque los redentores pueden abrir puertas, derribar muros y cambiar el rumbo de una época; pero ninguna nación madura puede depender eternamente de hombres excepcionales para resolver problemas ordinarios.

Tal vez la verdadera transformación no consista en encontrar al próximo salvador, sino en construir un país que ya no necesite ser salvado cada cien años. Mientras tanto, AMLO ocupará el lugar que la historia reserva a sus personajes más incómodos: demasiado grande para ser ignorado, demasiado controvertido para ser canonizado y demasiado influyente para que sus adversarios logren olvidarlo. Como todos los redentores —reales o imaginarios— seguirá siendo discutido mucho después de haber abandonado el escenario. Porque en política, como en la historia, los hombres pasan, pero las preguntas que encarnan suelen quedarse.

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