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Alexa Moreno, ¿reír o no reír?

Alexa Moreno, ¿reír o no reír?

Hoy, en un nuevo capítulo de México y su trenecito chu-chú del mame, tenemos la historia de Alexa Moreno. Gimnasta olímpica mexicana, atleta de élite, competidora internacional y, según descubrió de pronto el tribunal supremo de las buenas costumbres digitales, también mártir nacional por parecerse a “Mamá Lucha” de bodegas Aurrera.

La historia es conocida. Un puñado de memes apareció en redes sociales haciendo referencia a la complexión física de la atleta. Nada especialmente sofisticado: internet haciendo cosas de internet. Sin embargo, bastaron unas cuantas bromas para que se activara el protocolo habitual de indignación colectiva. De inmediato aparecieron los discursos de siempre: “Por eso no avanzamos”, “No hay peor enemigo para un mexicano que otro mexicano”, “Somos un país de malinchistas”. Ya saben, la liturgia contemporánea de las redes sociales. Un ritual en el que cada meme debe ser procesado como si fuera una crisis humanitaria.

Lo curioso es que detrás de toda esta reacción existe una premisa rara vez cuestionada: la idea de que los deportistas profesionales ocupan una categoría moral superior al resto de los mortales. No basta con reconocer su disciplina o admirar sus logros; pareciera que además debemos convertirlos en símbolos éticos. Son presentados como ejemplos de virtud cívica, embajadores del esfuerzo humano, héroes nacionales y, si la campaña publicitaria es suficientemente ambiciosa, casi como una especie de santos laicos.

Pero no está claro por qué. Que una persona dedique miles de horas a perfeccionar una habilidad física es admirable. Sin duda. También lo es que un cirujano perfeccione una técnica médica, que un ingeniero diseñe un puente o que un investigador dedique décadas a resolver un problema científico. Sin embargo, únicamente a los atletas solemos asignarles una especie de aura moral automática. Como si correr más rápido que todos, saltar más alto o levantar más peso que nadie revelara algo definitivo sobre la calidad humana de quien lo consigue.

La evidencia sugiere exactamente lo contrario: el talento deportivo y la virtud moral son variables independientes. A lo largo de la historia hemos conocido atletas extraordinarios que también fueron tramposos, corruptos, violentos o simplemente personas bastante desagradables. Las cárceles están llenas también de ex deportistas profesionales acusados de asesinatos, estafas y delitos varios. El deporte profesional produce campeones, no santos. Y no tiene por qué producirlos. Su función principal es otra.

Porque conviene recordar algo que a veces olvidamos: los Juegos Olímpicos son, ante todo, entretenimiento. Un entretenimiento espectacular, fascinante y en ocasiones inspirador, sí. Pero entretenimiento al fin. No curan enfermedades, no eliminan la pobreza, no reducen la corrupción ni resuelven los problemas estructurales de una sociedad. Nos entretienen. Y eso está perfectamente bien. El entretenimiento no necesita justificarse fingiendo que es una misión civilizatoria.

Precisamente por eso resulta extraño que una broma sobre una atleta sea tratada como una agresión contra la nación entera. Parecería que algunos sectores han confundido la crítica o la burla hacia una figura pública con un acto de violencia simbólica de proporciones bíblicas. Lo cierto es que sí, Alexa Moreno se parece a Mamá Lucha. ¡Bastante! Pero el humor es eso: encontrar la risa en todo y ante todo. Reír carajo. De uno mismo si es necesario.

Y aquí es donde aparece el verdadero tema. Porque la discusión nunca fue Alexa Moreno. La discusión es el humor. El humor funciona exagerando, caricaturizando y encontrando semejanzas absurdas donde nadie las esperaba. Si alguien considera que una persona se parece a un personaje de caricatura, a un actor, a un político o a la mascota de una cadena comercial, probablemente terminará haciendo una broma al respecto. Así ha funcionado la comedia desde mucho antes de que existieran las redes sociales y mucho antes de que aparecieran los tribunales de la moral cibernética.

Naturalmente existen límites. La amenaza no es humor. La persecución no es humor. El hostigamiento sistemático no es humor. Pero un meme desafortunado, una comparación absurda o una broma de mal gusto pertenecen al terreno de la expresión y no al de la tragedia nacional.

El problema surge cuando la corrección política intenta reemplazar el criterio individual por un catálogo oficial de temas permitidos y prohibidos. Cuando la pregunta deja de ser si algo es gracioso o no, para convertirse en si está autorizado reírse de ello. Y ahí es donde el asunto deja de ser cómico para volverse intelectual.

Porque la corrección política suele presentarse como una herramienta de sensibilidad social, pero con frecuencia termina funcionando como una herramienta de empobrecimiento del debate. Sustituye argumentos por etiquetas. Sustituye discusión por censura informal. Sustituye la pregunta “¿es cierto?” por la pregunta “¿es aceptable decirlo?”. Y esas son preguntas radicalmente distintas.

Una cultura intelectual sana debería ser capaz de tolerar la ironía, la sátira, la irreverencia e incluso las bromas tontas. No porque todas sean inteligentes, sino porque la libertad de expresión incluye inevitablemente expresiones inteligentes y expresiones estúpidas. Pretender proteger a la sociedad de todo comentario ofensivo es una tarea imposible. Y peor aún: es una tarea incompatible con una conversación pública libre.

Por eso el debate sobre Alexa Moreno nunca me pareció especialmente importante. Ella seguirá siendo una atleta olímpica extraordinaria independientemente de los memes. Su talento no depende de nuestra aprobación moral ni de nuestra solemnidad patriótica. Lo que sí importa es la creciente costumbre de convertir cualquier chiste en un juicio ético y cualquier desacuerdo en una falta moral.

Como escribió Jean de La Bruyère: “La vida es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten.” Quizá la frase sea exagerada. Pero contiene una intuición valiosa: una sociedad libre no es aquella donde nadie se ofende; es aquella donde las personas pueden ofenderse sin pretender silenciar al resto. Porque cuando la corrección política se convierte en árbitro del discurso público, la inteligencia deja de buscar la verdad y empieza a buscar permiso.

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